No más acusar a lo estético de superficial y por qué hay que planchar las camisas.

Dic 29, 2025

Recuerdo cuando estaba en la universidad y volvía a casa de mis abuelos por Navidad, después de meses viviendo en un piso de estudiantes donde casi todas las cosas eran provisionales: cada plato y cada vaso era diferente en la cocina, tendíamos la ropa en mitad del salón, y apenas recordábamos limpiar los cristales de las ventanas.

Así que cruzar la puerta de casa de mi abuelos era entrar en un hogar. En un hogar de verdad.

Porque en la mesa había un mantel planchado, recién colocado, y la vajilla completa estaba combinada. La casa olía a limpieza reciente y a una comida que llevaba horas preparándose. Las paredes plagadas de cuadros enmarcados, en una galería perfectamente pensada, parecían saludar como a los alumnos en Hogwarts. Y el árbol de Navidad siempre parecía haber sido colocado hacía tiempo, sin urgencia y con la misma diligencia con la que uno limpia el cuarto de baño.

Ni mi abuela ni su asistenta del hogar habían organizado aquello para provocar un efecto en concreto, pero sí para asegurarse de que allí se estuviera bien. Las dos prestaron atención a todos los detalles para que aquello fuera un hogar.

Durante mucho tiempo pensé que esa sensación en casa de mis abuelos tenía que ver únicamente con el descanso, o con el vínculo familiar, pero con el paso de los años tengo cada vez más claro que gran parte de ese alivio provenía de cuestiones mucho menos abstractas. Las formas, literales, en las que los detalles y los espacios estaban cuidados. La coherencia entre los objetos, el cuidado y el olor en los textiles. Las combinaciones, la limpieza y los emparejamientos.

En definitiva: la estética. La forma.

Pero cuando hablo de estética no me refiero solamente a lo visual. La estética también está en la textura de una alfombra que amortigua el sonido y el frío, en una luz tenue que no molesta en los ojos, en una acertada elección musical a buen volumen, en el peso justo de una manta. En el abrazo y el beso, el olor de un perfume, y en el tono de voz al dar los buenos días. Pequeñas decisiones “de forma” que, acumuladas, transforman una experiencia. Crean, de hecho, una experiencia.

Siempre me he dedicado a buscar la forma. No sólo en el trabajo o en el ámbito doméstico. También en el arte, en las calles, en los bares y restaurantes donde alguien ha pensado más allá de la funcionalidad. En el modo de recibir a otros, en el tiempo dedicado a preparar un buen regalo, o en la calidad de la ropa.

A menudo contraponemos la forma y el fondo, pero ¿y si fueran dos caras de lo mismo? ¿Y si lo profundo es la piel? ¿Y si la obsesión con el fondo empobrece las experiencias porque las reduce a la mitad? Tal vez esa jerarquía moral que hemos construido —en la que el fondo es “lo que vale”, y, la forma es “lo superficial”— no sea más que un malentendido persistente que nos tranquiliza: creemos que basta con “tener algo que decir”, como si decirlo fuera un trámite sencillo y neutro.

Todo el que ha intentado hacerse llegar sabe que no es así.

Toda elección de fondo ya es estética en cierto modo, porque permea. No hay ideas desnudas: llegan siempre vestidas de algo. Quiero decir que la forma no comunica ideas, pero determina qué ideas pueden ser comunicadas. Qué es lo que puede ser visto, escuchado o pensado. Sentido, si volvemos a aquella sensación en casa de la abuela. La forma delimita, habilita o censura al fondo. Como ya se dijo, “el medio es el mensaje”, pero también es el filtro, el marco, el campo de juego. La condición de posibilidad. La forma hace posible el fondo, porque aquello que tiene verdadero fondo sólo puede haber tomado forma. Lo informe no es más que ilegible, y no necesariamente profundo.

Por eso un buen profesor no es necesariamente el que “sabe mucho”, sino el que encuentra formas, estéticas, ritmos, tonos, adornos, narrativas y estructuras. Si no hay forma, ¿dónde está el fondo? ¿En qué lugar habita? No existe un fondo puro, esperando pacientemente a ser expresado. Eso es una fantasía romántica.

La forma no es ninguna frivolidad. Sabemos, aunque no lo formulemos, que si no damos forma, no hay nada. Que lo que no se presenta, no existe.

Así que sí: hay que planchar las camisas.