Hacer una performance consiste en tomar una emoción o una idea que uno tiene —solamente una— y hacerla llegar de forma extrema, intensa, y sin matices ni explicaciones. Una performance genera una expresión personal que no es verdad, pero tampoco es mentira, y es una herramienta muy común (ya sea premeditada o no) en la comunicación e imagen de la mayoría de líderes carismáticos y vendedores de aspiradoras.
Suena muy abstracto, pero lo cierto es que todos (incluso las personas normales) utilizamos la performance en nuestro día a día. Por ejemplo: cuando nos sentimos solos, podemos decir cosas como: “es que nadie me quiere”. En realidad sabemos que alguien nos quiere, así que esto no es verdad. Pero técnicamente tampoco podemos decir que sea mentira, puesto que “nadie me quiere” es muy precisamente lo que estamos sintiendo —y no intentamos engañar a nadie al decirlo. Al contrario.
Así que la performance no es una mentira ni tampoco es una actuación. Como bien sabemos, la actuación (o la mentira) puede incluir infinitos matices, detalles y explicaciones, mientras que la performance no. Los detalles y explicaciones no hacen que algo deje de ser mentira, pero sí que rompen una performance. La performance vive precisamente en la ausencia de matices, ya que está ligeramente descontextualizada. La actuación (o la mentira) genera una ficción, mientras que la performance genera una expresión o una imagen que, aunque fantasiosa, no es rigurosamente ficticia.
Lo mismo ocurre cuando le decimos “eres el mejor” a nuestro amigo. ¿Nuestro amigo es realmente el mejor? ¿El mejor con respecto a quién? ¿El mejor en qué cosa? Esta frase no es verdad, pero tampoco es que sea mentira. Es una pequeña performance de andar por casa. Si intentamos matizar esta cuestión, la ilusión se rompe en mil pedazos. Nuestro amigo es el mejor siempre y cuando no lo expliquemos demasiado. Siempre y cuando dejemos que esta idea exista en la retórica, sin tratar de aterrizarla en “el mundo real”.
La mayoría de nosotros hacemos performance en base a emociones o ideas que consideramos relevantes o que nos representan, y si no, las desplegamos en ambientes de confianza donde el interlocutor ya está dando algo por hecho sobre nosotros. Casos para los que estas “licencias poéticas” e “ilusiones” parecen justificadas. Sin embargo, hay quien utiliza la performance y el ilusionismo también a la hora expresar sentimientos o ideas poco relevantes, ligeras y superficiales. Incluso para hacer llegar mensajes poco representativos de sí mismos, y en ambientes donde no necesariamente hay confianza. La performance les atraviesa hasta lo más profundo, incluso hasta impregnar lo más irrelevante o lo más pequeño. Se trata de “los performers”.
De este modo, crean una especie de persona poética que siempre está “embrujada”, y que es más drástica y atractiva que la que resultaría de intervenir de manera realista y compleja, explicando todos los detalles —como solemos hacer los que no disfrutamos del privilegio de tener carisma. Es como una especie de “mago”: no te está engañando, sino que está haciendo un truco (jugando con las luces, los hilos transparentes, la percepción y el contexto) para crear una ilusión cautivadora. Huye de las intervenciones corrientes y ordinarias, que son claramente menos interesantes que las que se siguen de un buen talento performático. Y algunos sencillamente se retiran cuando la situación ha perdido magia y ha pasado a ser anodina.
Trasladan a sus interlocutores o a su público a un plano de fantasía que, a diferencia del plano de lo común (tedioso, vulgar), es fascinante y absorbente.
Son el tipo de persona que te diría “estoy completamente enamorado de ti” a pesar de no conocerte de absolutamente nada. No debes asumir que están diciendo la verdad, pero tampoco debes asumir que es mentira (aunque esto último resulte menos obvio), porque su intención no es engañarte —sino conectar contigo de una forma “fantasiosa” y especial. Tanto si crees que dice la verdad como si crees que miente, estarás tomándolo demasiado en serio. Para interactuar con el performer tienes que trasladarte al plano de la fantasía, o de cualquier otro modo, te sentirás ingenuo y frustrado.
Sin embargo lo que hacemos continuamente es intentar traer la fantasía a la realidad. Queremos poseerla, acercarla a nosotros, matizarla, detallarla y volverla material. Y esto es absurdo, pues la idea pierde su valor de fantasía. Si te paras a mirarlo en detalle, lo más probable es que por supuesto esa persona no esté enamorada de ti, claro. Pero tienes que moverte a ese plano donde eso no es más que una obviedad que hay que pasar por alto, donde las cosas no son meramente verdaderas o falsas, para poder disfrutar (y comprender) lo que rodea a esta “afirmación figurada”.
Hoy he venido a defender a los performers, a menudo acusados de excéntricos o de mentirosos y farsantes, porque estoy (casi) segura de que yo no querría vivir en un mundo donde todas las cosas tienen un sentido práctico y ocurren realmente.
Es un poco verdad que nadie te quiere en absoluto.
Es un poco verdad que tu amigo es el mejor del mundo entero.
Y también es un poco verdad que alguien que no te conoce de nada puede estar completamente enamorado de ti (porque siendo sinceros, si te conociera de verdad no lo estaría tanto —y ahí es donde habita la fantasía y el embrujo de esta vida, de cualquier otro modo tan aburrida e importante).
Nadie es tan interesante como para encantar en la realidad, ¿no es así?