El fenómeno de la hiperfeminización o bimboficación, entendido como la adopción voluntaria (“libre, cómoda, orgullosa”, etc.) de comportamientos estereotípicos de género femenino por parte de jóvenes a modo de “auto-caricaturización”, está cada vez más presente en la cultura popular y parece constituir, entre otras cosas, un contrapunto paradigmático a la misoginia (especialmente la misoginia interiorizada —perpetrada por las propias mujeres)
El fenómeno girl math (matemáticas de chicas) nos sirve como ejemplo representativo de esta creciente tendencia, y se basa en la premisa de que las mujeres poseen una deficiente cultura financiera y una ineptitud natural para el dinero. Esta concepción se percibe y se perpetúa con orgullo e incluso con un cierto sentido de identidad/pertenencia. Es decir, que una representación femenina estereotípica (por otra parte basada en estadísticas reales, ya que diversos estudios confirman que las mujeres a nivel global exhiben, en efecto, una menor competencia y/o interés que los hombres en este área) ha sido dulcificada y adoptada por las propias mujeres, o personas que se identifican con ellas, y utilizada como medio para promover un sentimiento de hermandad y establecer una parodia ligera y divertida de la «identidad femenina”.
¿Cómo y por qué ha pasado esto? ¿Qué hay detrás de este deseo de hiperfeminizarse?
1 – En contrapunto a la misoginia interiorizada y al instinto “pick me” programado.
En décadas pasadas (y de forma probablemente muy reconocible para cualquier mujer que, como yo, haya nacido en los 90) la búsqueda de ser percibida como una “mujer diferente”, que escapaba de las convenciones femeninas establecidas, prevalecía entre muchas jóvenes. Encarnar aquel arquetipo de “Cool Girl” que Gillian Flynn describió tan acertadamente en su célebre monólogo de Gone Girl era un objetivo muy extendido. Este «instinto pick me» reflejaba la aspiración de ser “la preferida de los hombres” (por encima de otras mujeres), al presentarnos como menos superficiales, más genuinas, auténticas y naturales que las demás.
Intentábamos, además, evitar confrontarles o limitarles así como expresar cualquier necesidad que fuera susceptible de ser leída como femenina (y por tanto percibida a menudo como irracional e infantil), adoptando una postura desprovista de exigencias a nivel emocional o de compromiso, siempre despreocupada y permisiva. Esta narrativa se fundamentaba en la concepción de que las mujeres que se adhieren a estereotipos “girly” son problemáticas para los hombres (“irritantes, molestas, caprichosas, insoportables, dramáticas”, etc.), pues habíamos aprendido que ellos buscaban una vida exenta de complicaciones, lejos de “dramas femeninos”
Esta mentalidad, que se manifestaba en la desaprobación hacia mujeres percibidas como «excesivamente» femeninas, revelaba en realidad un odio subyacente hacia todas las mujeres, independientemente de su manifestación personal. Esto se traducía en proyecciones negativas que las caracterizaban como críticas, falsas y desleales cuyo objetivo era obtener validación de los hombres. [Cabe mencionar que esto crea una paradoja en la que se reproducen los mismos comportamientos que se rechazan, puesto que si yo digo que las mujeres son “criticonas” o que “no son buenas amigas entre ellas”, estoy siendo yo misma la que, literalmente, está siendo criticona y no está siendo una buena amiga de las demás.]
La hiperfeminización o bimboficación podría estar teniendo su origen en contrapunto a esta misoginia interiorizada, y como “celebración de la feminidad” o a modo de “redención por todo el tiempo que hemos perdido odiándonos a nosotras mismas y entre nosotras”.
2 – Como “espejo” ante la masculinidad hegemónica.
Pero estas ideas no sólo eran perpetradas por las propias mujeres y sus fantasías, ficciones, o expresiones culturales, sino también por muchos hombres, que a menudo desacreditaban prácticas y comportamientos considerados típicamente femeninos por ser frívolos, innecesarios, falsos, infantiles, estúpidos, superficiales, etc. y promovían la idea de “mujer ideal” como compañera “masculinizada” y poco exigente. (“Quiero una compañera de aventuras, dispuesta y despreocupada, una chica natural y risueña que no se enfade conmigo. Una mujer que no me pida demasiado porque soy un hombre y por lo tanto soy básico, sencillo, etc.”)
Si algunos hombres siguen utilizando “tan sólo soy un hombre” como excusa o motivo para sus comportamientos adheridos a la masculinidad hegemónica, entonces la mujer también podría estar utilizando el argumento de que “tan sólo es una chica” para acceder a comportamientos acorde a la feminidad hegemónica que «la complementa».
Además, muchas mujeres (o personas que se identifican con la feminidad en general) también utilizan estas etiquetas masculinas (“los hombres son simples, los hombres no se dan cuenta de nada, etc.”) para explicar o justificar los comportamientos de ellos, y podrían estar imitando estos mismos argumentos para sí mismas, ya sea a modo de “revancha” o de espejo.
Aunque muchos hombres (y muchas personas en general) continúan perpetrando este discurso más típico de los años 1990 y 2000, la manosfera le ha dado la vuelta completamente en los últimos años. Los hombres en este “nuevo contexto hipermasculinizado” aseguran justo lo contrario: que un hombre masculino debe desear a una mujer femenina. Que un hombre masculino debe hacerse cargo de todas las situaciones y asumir todos los gatos a nivel económico para dejar que su chica sea “tan sólo una chica”, y que se pueda permitir no preocuparse por nada porque sabe que su hombre estará allí para salvar el día. Que pueda preocuparse solamente de su aspecto y de sus “cosas de chica”.
Algunas mujeres heterosexuales, u otras personas que se sienten atraídas hacia los hombres en general, conservan todavía fantasías en las que aparece este “hombre protector” (un patriarca) que cuida de ellas y se responsabiliza de ellas como un padre mientras que ellas se dejan llevar. Y aunque saben que estas fantasías van en contra de lo que, consideran, les ha enseñado el feminismo, están dispuestas a acceder a las mismas en nombre de la diversión, la contemplación, el relax, la buena vida, etc. Lo cual nos lleva al siguiente punto.
3 – El cansancio feminista y la necesidad nostálgica de volver a la infancia.
Una de las críticas actuales al feminismo más repetidas es la idea de que el feminismo actúa como una “condena” para las mujeres, que les impide ser felices y les exige demasiado. Y aunque el feminismo, así como cualquier otro activismo por una causa social, busca precisamente la libertad de elección y la igualdad de oportunidades, la falsa idea de que existe una especie de «agenda de empoderamiento individual” que cada mujer debe seguir para ser “una buena feminista” ha llegado a calar entre la sociedad a través de diferentes argumentos falaces en los que se malentiende el concepto de emancipación. [En este sentido, cabe mencionar que la supuesta “imposición” de la que se acusa al feminismo es, en realidad, el tipo de discurso que se destina a los hombres, y no a las mujeres (un discurso que les empuja hacia una lista muy específica y cerrada de comportamientos y acciones que les llevarán al “éxito” —levántate a las cinco de la mañana, ve al gimnasio, genera dinero, rodéate de personas de alto valor, cómete el mundo, etc.) El discurso que se destina a los hombres es, de forma muy literal, el discurso que falsamente se asocia al feminismo. Son los hombres los que en realidad son víctimas de ese tipo de imposición “boy-boss”.] Que muchas mujeres se hayan preguntado si el hecho de ser amas de casa o ser madres es realmente una elección libre, y no alienada, no implica que el activismo por la igualdad de género haya, de ningún modo, castigado a quien haya tomado estas decisiones. Los discursos hipermasculinos, por el contrario, sí que culpabilizan a los hombres de sus decisiones no hegemónicas (maricón, cobarde, insuficiente, inútil, mediocre, fracasado)
En lo que se refiere a lo hegemónicamente femenino, parece confundirse la ignorancia con la libertad. Una “mujer libre” es aquella que no sabe, y por lo tanto vive feliz. En cambio, la mujer que sabe o la mujer que se pregunta es una mujer amargada, infeliz, estancada, antipática, molesta. (Las mujeres no deben hacerse demasiadas preguntas sobre aquello que les limita para ser todo lo que pueden llegar a ser, puesto que entonces serán “infelices”. Deben resignarse a vivir contemplativamente mientras el hombre se ocupa de todo. Sólo así se sentirán plenas y realizadas como lo que son. Just a girl.)
Esta idea es ignorante (nace del desconocimiento) y ha sido creada por una romantización conservadora del tradicionalismo que busca que “libremente” elijamos ser, “por pura casualidad” y “simplemente porque es lo que nosotras queremos”, esposas de maridos, madres de hijos, cuidadoras de niños y ancianos, laboralmente poco ambiciosas, financieramente poco inteligentes, y dispuestas a dejar que nuestro hombre se ocupe de todo por nosotras.
Girl math.
La mala comprensión del empoderamiento y de la emancipación, manchada por malinterpretaciones y discursos que incitan al miedo (a caer en las “peligrosas garras del feminismo”) puede llevar a muchas mujeres a sentirse insatisfechas cuando no encajan en este molde inventado. Por esto, y por la excesiva presión que sienten de ser perfectamente coherentes, estar perfectamente informadas, y ser moralmente impecables dentro su activismo para evitar críticas o preguntas incómodas (del tipo de las que Roma Gallardo te puede lanzar en un martes ocioso), la hiperfeminización puede ser vista como una forma de escapismo o de descanso.
La lógica es que si dejo de ser feminista y empiezo a ser “tan sólo una chica” estaré mucho menos preocupada, más tranquila, tendré menos responsabilidades, no se me exigirá una moralidad sin fisuras, se me permitirán las incoherencias, Roma Gallardo no me hará preguntas, la vida será mucho más fácil, sin exigencias, y podré ser sumisa y pasiva de forma feliz y contemplativa. (Parece que este discurso en realidad no procede de un deseo de ser vista como femenina por los hombres, ni por una misma, sino que ya está muy alejado de aquello. En realidad, esconde un hartazgo/cansancio vital profundo y una necesidad nostálgica de volver a la infancia. La feminidad “girly” se presenta ante las mujeres (y de nuevo, frente a cualquier persona que se identifique con la feminidad, puesto que muchos hombres, por ejemplo, también perpetran esta identidad) como una forma fantasiosa y fácil de volver a ser niñas, estar libres de responsabilidades, dejar que otro tome las decisiones por nosotras, preocuparnos sólo por frivolidades, etc.
Conclusiones
En mi opinión,
1 – la celebración de la “identidad femenina” como lucha contra la misoginia (especialmente la misoginia interiorizada) no debe cegarnos frente a la alienación ni frente a la opresión que supone la feminidad hegemónica. Así que “celebremos con consciencia y bebamos con moderación para no tener un disgusto en carretera”.
2 – aunque el acceso a fantasías patriarcales es totalmente legítimo, nunca debemos olvidar que no son más que eso: fantasías. Este “hombre masculino” (típico sugar-daddy) no sólo “nos protege, nos trata como princesas y nos provee”, sino que también, en consecuencia, decide en nuestro nombre y ejerce como una autoridad sobre nosotras. Siempre debemos preguntarnos si realmente queremos esto antes de “elegir libremente” este estilo de vida. Esto es especialmente importante si somos mujeres jóvenes, e incluso menores de edad en el peor de los casos, frente a hombres mayores y experimentados. Estas no son relaciones de igual a igual.
3 – debemos dejar de decir (fuera del humor, la ficción, el sarcasmo, etc.) que realmente los hombres son simples y que son idiotas, y que por eso no se dan cuenta de nada. Hace tiempo que sabemos que no son ninguna de las dos cosas, y cuanto más alimentemos esta idea que a menudo perpetran sobre sí mismos, más frecuentemente se utilizará en nuestra contra. Los hombres son perfectamente conscientes y capaces de comprender la sociedad en la que viven, de aceptar límites, y de procurar ser cada día mejores. Si no lo hacen no es por su “naturaleza de hombres”, sino por posibles renuencias.
4 – la necesidad de “escapar” por la pesada carga de la presión y de la responsabilidad no nos hace menos inteligentes o “peores feministas”. Todo el mundo tiene derecho a la contradicción, a la incoherencia, al descanso, etc. Querer volver a la infancia o a momentos de “aparente libertad” es perfectamente legítimo, y mientras seamos conscientes de ello y no descuidemos nuestras responsabilidades, necesidades, etc. no tiene por qué ser dañino. (Puedes leer aquí mi otra entrada sobre nostalgia de la adolescencia)
Esta claro que la bimboficación, en resumen, es un fenómeno muy complejo que surge en respuesta a diversas presiones sociales y culturales, incluida la misogini interiorizada a o las expectativas de género. Muchos factores influyen sobre la auto-percepción y la identidad en la sociedad contemporánea, y aunque he intentado desarrollarlo de forma lo más pormenorizada posible para esta entrada, el tema tiene suficiente chicha como para que se me haya escapado más de la mitad.
Y como para escribir un ensayo.
Tal vez lo haga.
—–
Aprovecho para dar un shout out a Samantha Hudson por sus interminables aportaciones a la cultura popular.