Si tú eres como yo, probablemente te habrás pasado media vida desmitificándote. Diciendo “en realidad no estoy muy segura” detrás de cada frase —por si acaso hubiera sonado demasiado tajante— y mostrando tu lado más humano frente a un tiempo que leíste como superficial y vacío. Por ese motivo les has hecho un housetour de tus vulnerabilidades y de tus complejidades a todos tus conocidos y te has grabado en vídeo durante tu último breakdown de domingo (ésta es solamente una manera de hablar).
Decidiste que la única forma de no parecer una impostora era exhibir cada uno de tus defectos, de tus fisuras, cada una de tus capas y de tus dudas; para que nadie pudiera acusarte de nada.
Creíste que te estabas protegiendo, y sin embargo, parece que hay algo que no anticipaste: tu autoridad se ha ido erosionando poco a poco como una roca frente al o-le-a-je. Has ocultado tus virtudes con obsesión quirúrgica. Has justificado y explicado las que han salido a la luz. Qué vergüenza. Todo lo has matizado y relativizado in real time.
Has evitado la densidad en cualquiera de tus discursos (si es que alguna vez te has animado a pronunciar alguno) porque tenías miedo de que te percibieran como discursiva. Tus afirmaciones no eran tal cosa, porque siempre han venido acompañadas de su respectiva rectificación preventiva. Lo mismo ocurre con tus convicciones: las presentas como hipótesis provisionales para que nadie se sienta excesivamente llamado a tomarte en serio. Has sido» “humilde” (y fíjate en el uso de las comillas) por encima de tus posibilidades, me parece.
Si tú eres como yo, durante años habrás sospechado que la solemnidad y la seguridad de algunos eran herramientas para ejercicios de poder poco lícitos. Habrás buscado la horizontalidad como si cualquier diferencia con respecto a los demás fuese un abuso.
Habrás terminado aplicándote algún tipo despiadado de vigilancia correctiva —constante— que te habrá impedido sostener una mísera idea sin poder evitar desmontarla al mismo tiempo. Has insistido en que nada de lo que dices o haces es para tanto, en que no se te dan bien las cosas para las que tienes talento natural, y en que no eres tan inteligente (de hecho, has dicho que “eres estúpida” hasta en un número salvaje de ocasiones). Te habrás hecho de menos antes de que alguien te hiciera de menos. Te has adelantado a la humillación humillándote a ti misma. Renunciando de antemano a ocupar cualquier (¡cualquier!) lugar.
Y no sé tú, pero yo estoy cansada de eso.
Quiero recuperar mi autoridad. Y digo recuperar porque estoy casi segura de que la tuve alguna vez.
Pero escúchame: que no me refiero a ponerme a elaborar jerarquías rígidas entre mis conocidos y yo misma, ni a blindarme tras una máscara inexpugnable y férrea. Tampoco me voy a poner a mandar. Quiero seguir siendo igual de suave, pero de una manera diferente. Quiero recuperar la intimidad de mis vulnerabilidades y mis complejidades (no más housetours excepto para aquellos que son Very Important People). Quiero comprender que está bien aceptar la propia falibilidad, pero que convertirla en una identidad permanente es peligroso.
Aunque bueno. Tengo que decir que por suerte mido 1’80cm y tengo cara de lista (siempre me lo dicen), así que siempre he podido jugar esa baza pese a todo.
Siempre se me ha tomado más en serio de lo que he querido, aunque como digo, estoy dispuesta a reformular mis deseos.
Esta decisión que estoy tomando, me temo, pasa por elegir con precisión qué partes de mí misma entran en una conversación y cuáles permanecen fuera, y aceptar la idea de presentarme con cierta opacidad. Pues claro que tengo fisuras y defectos. Eso ha de darse por hecho. Creo que no hay nada menos auténtico que obsesionarse por “parecer auténtico”. ¡No más influencers “cercanas” teniendo un mal día como todos, por favor!
Quizá la autoridad funcione como el efecto acumulado de una “economía de la identidad”. A partir de ahora quiero que mis palabras pesen y conserven energía. Quiero solidificarlas antes de pronunciarlas para que puedan ser recibidas como algo que ha sido trabajado, pero sobretodo, como algo que va a ser sostenido y asumido por alguien de fiar.