Es jueves treinta de mayo y acabo de terminar mi jornada laboral. El termómetro de la farmacia de la esquina marca veintinueve grados a la sombra en Vigo, y por desgracia, llevo puestas unas botas militares que no me salvarán del barro en el que estoy a punto de meterme. Esta es mi crónica de O Son do Camiño 2024:
Llego en tren a Santiago alrededor de las ocho para subirme a una de las lanzaderas que me llevará a Monte de Gozo, pero a diferencia de otros años, no tengo que hacer ninguna fila interminable para cogerla. Va semi-vacía.
Cuanto menos contaminante es el transporte, menos glamuroso es abordarlo. Y por eso todavía no me he puesto brilli brilli.
Mis amigos ya están arriba en el concierto de J Balvin, probablemente perreando al ritmo de Safari. Y una vez que accedo al recinto, intentar encontrarles entre una multitud de cabezas relucientes parece imposible. Ni siquiera teniendo la estatura suficiente como para poder asomar la cabeza entre la gente, lo cual me hace pensar que mi problema debe de ser otro. Hay quien dice que me falta determinación.
“No importa. Siempre me ha gustado bailar sola”, pienso para mí misma — porque soy dramática.
Wake me up when Green Day haya terminado
Finalmente me reúno con ellos y esperamos al que me gustaba considerar el plato fuerte del jueves: Green Day. Una banda que tuvo su punto álgido hace más de quince años, y que sin embargo, sigue conservando a muchos de aquellos mismos fans que escuchábamos Basket Case subidos al autobús del colegio.
Después de haber visto a Paramore durante The Eras Tour en Lisboa, y de nuevo envuelta en recuerdos de la adolescencia, Green Day se presenta como la segunda parte rock-punk de una quincena nostálgica.
El grupo suena lejano y poco claro, como si el concierto estuviera sucediendo en otro lugar. Tal vez porque sopla un viento espantoso, o a lo mejor por un problema técnico. Ni siquiera sé cómo funciona el sonido. Soy de letras.
Además, las personas a nuestro alrededor tampoco corean demasiado las canciones, con lo que el ambiente está ligeramente más apagado de lo que me habría gustado. ¿Eeeeooo?
Nuestro plan después de que finaliza el concierto es retirarnos a descansar, pero nadie descansa en un camping que se encuentra frente a un concierto de música electrónica. Es por eso que alcanzo mis auriculares con dificultad a través de la oscuridad y le doy a play al último episodio de Deforme Semanal Ideal Total.
Hundo la cabeza dentro del saco de dormir y me quedo dormida entre chistes de Isabel Calderón y el rugido de mis tripas. No he cenado.
El café caliente y los huesos helados
Abro los ojos y consulto la hora en el reloj. El fuerte viento agita ruidosamente nuestra tienda de campaña y todavía hace frío. Son las ocho y media de la mañana del viernes y he dormido tan poco que todavía estoy despierta.
Recorremos el recinto hasta la cafetería más cercana y le pedimos nuestro primer desayuno festivalero a un camarero visiblemente estresado. “Cargadito, por favor.” Siempre con educación.
Sentada ahora frente al sol matutino, intento deshacerme del frío que todavía conservo entre los huesos. Pero no vuelvo a recuperar el calor corporal por completo hasta que subo al coche, que lleva horas cocinándose al sol en el parking, para bajar a la ciudad. Calefacción gratis.
Santiago de Compostela nos ofrece, un año más, las deseables ventajas de la civilización: comida caliente, enchufes y baños limpios. Aprovechamos el mediodía para hacer un par de compras, comer sentados, resguardarnos del viento, cargar la batería y lavarnos los dientes con dignidad.
Cierra la puerta, ven, y siéntate cerca
Creo que hacerse mayor significa, entre otras cosas, tener que observar cómo la música se vuelve cada vez más nostálgica. No ya sólo porque en ocasiones se trata de la banda sonora de tu infancia o adolescencia, sino porque cada vez coleccionas más recuerdos que asociar a las canciones; incluso a las que escuchas por primera vez.
Independientemente de la edad, todo el público frente a La Oreja de Van Gogh sabe que recordarás las tardes de invierno por Madrid, que te voy a escribir la canción más bonita del mundo, y todo eso. Porque estos son datos que, sencillamente, no se pueden discutir. Sus canciones unen a todo el mundo y conforman una de las setlists más acertadas y celebradas a coro de todo el festival.
Un par de bebidas y bajamos a nuestro siguiente concierto: Mike Towers. Bailamos en grupo algunas de nuestras canciones de discoteca favoritas mientras el artista llama entre gritos a las mujeres solteras. Pero aquí no tenemos de eso, lo siento. Acude al pasillo siete.
Ya pasan de las diez de la noche cuando el concierto termina, y nos desplazamos hacia la zona de foodtrucks haciendo la conga y gritando “a por el bote” entre una multitud que personalmente encuentro temible. Diría que lo hicimos porque estábamos bajo los efectos del alcohol, pero me parece que no. Sencillamente somos gente especial a la que no le interesa Pet Shop Boys.
Hago la cola para pedir una hamburguesa y pierdo a mis amigos de vuelta al punto de encuentro.
Y las Vans sucias.
Una tienda de campaña tan grande como la que llevamos al camping tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Los inconvenientes están claros: lleva mucho más tiempo y esfuerzo montarla, pesa muchos más kilos de los que uno debería cargar estando de vacaciones, y es incómoda de transportar.
Pero la ventaja más importante es que puede resguardar del viento y del frío a un grupo de amigos como el nuestro. Allí charlamos un rato y compartimos snacks con sabor a queso antes del concierto de Natos y Waor.
He aprendido la lección. No iré a dormir pronto. Haré cualquier cosa con tal de no escuchar los bajos del escenario de electrónica retumbando a través de la tierra.
No conozco ninguna de estas canciones, ni siquiera Cicatrices, pero da igual.
Vegetarianas y tristes en la ciudad
A la mañana siguiente, me acerco a la zona de las duchas rezando por que salga agua caliente. Mis plegarias son escuchadas y, de hecho, consigo enjabonarme bajo un chorro de agua hirviendo — en el sentido metafórico de la palabra. Puedo ver el color del polvo y la arena que he estado acumulando en el pelo deslizarse en círculos hacia el desagüe. Puaj.
El pelo desenredado y con olor a champú me durará poco más que unos minutos puesto que el viento sigue soplando en plan dramático, pero de todos modos, ha merecido la pena madrugar.
Bajamos de nuevo a la ciudad, pero esta vez, me separo del grupo con un amigo para ir probar un restaurante vegetariano. Llamar por teléfono a una churrasquería para pedir una ensalada me parece demasiado patético hasta para mí. Y aunque en realidad siempre me he sentido orgullosa de ser ese tipo de persona que accede con bastante gracia a auto-humillarse, siento que hoy me merezco una comida espiritual y orgullosa.
El momento más surrealista del fin de semana llega justo después, cuando paseando por el Parque de Bonaval, un señor de mediana edad viene a decirme que es fan de Tristes en la Ciudad. Maldita sea, casi ni recordaba que tengo un podcast. Gracias señor.
La última tanda de conciertos
Nuestro primer concierto de vuelta en el festival es el de Ana Mena, que no sabemos si es más o menos guapa que el resto de Anas del mundo pero desde luego le sientan bien las gafas de sol vintage. Ella es una diva, y al igual que David Bisbal con “cómo están los máquinas”, sabe reírse de su propio meme y aprovecharlo a su favor.
Más adelante, arranca al público a gritar desesperadamente la letra de Obsesión de Aventura y otra de La Oreja de Van Gogh, que poco a poco, se empieza a coronar como protagonista de O Son do Camiño 2024.
¿Qué indie lo iba a decir en 2018? Pues ninguno, efectivamente. Igual que tampoco diría que el concierto de Melendi iba a ser uno de los más destacados del fin de semana.
Canciones conocidas. Letras que nos sepamos. Eso es lo que queremos en Monte do Gozo, para ser sinceros. Aquello de ir a un festival para descubrir música nueva no es lo que más se estila en la era digital, y mucho menos si el sonido no acompaña en el directo después.
Acabar y estar acabado
La mejor parte de comer vegetariano en O Son do Camiño es que el foodtruck destinado para tal fin apenas tiene cola. Me da tiempo a ir a la zona cashless a recargar mi pulsera, pedir mi cena y comérmela en el mismo tiempo en que mis amigos esperan por la suya.
Hago al cola con ellos porque soy simpática.
Ya no queda sangría ni kalimotxo en la barra a la que nos acercamos después, con lo que hemos de lanzarnos de cabeza a la cerveza. Que es una cosa que rima.
Nos quedamos bailando un par de canciones alrededor del puesto de los 40 antes de ir a ver a Rels B, y no sé cómo, pero ya volvemos a estar cantando La Oreja de Van Gogh una vez más.
El concierto del ¿rapero? ¿trapero? («a ver quién es más tonto, el segundo o el primero»), termina con un mensaje poco digno de un millennial como él: gracias x venir, os quiero <3
El tipo tiene treinta años, pero al mismo tiempo lleva pantalones acampanados de tiro alto y rechaza las mayúsculas.
Crónica O Son do Camiño 2024, con el viento a favor
Cando volva o vento,
serás tú, libertá?
ou soamente abalar de árbores?
Uxío Novoneyra – Poema nº 7 PORTA XORDA 1966
La última noche pude descansar un poco más que las anteriores. Tal vez porque llevaba el cansancio acumulado de tres días, o a lo mejor porque una amiga me dejó su silla plegable y no tuve que dormir sobre el suelo.
Es la segunda.
Por primera vez en años (que diría Anna de Frozen), nuestra vuelta a Vigo no está pasada por agua. No cae ni una gota. Podemos recoger bajo el sol y el cielo azul, sin charcos ni calcetines mojados. Viento a favor.
Un fin de semana intenso termina con un café con leche grande en la cafetería de siempre, no sin antes volver ligeramente loco al camarero, porque ante todo somos gente de tradiciones.
Termino esta crónica de O Son do Camiño 2024 dejándote por aquí los recuerdos de años anteriores, para que veas que no miento:
- O Son do Camiño 2023: la muerte del token.
- O Son do Camiño 2022: crónica de un fin de semana ordinario.
gracias x leer, os quiero <3