De Cumbres Borrascosas solamente sabía dos cosas: la primera, que era un clásico de la literatura, y la segunda, que algún día lo leería. Será porque la adaptación al cine de Emerald Fennell está a punto de estrenarse, y por ese motivo Internet se ha convertido en una fanpage global de Jacob Elordi (cosa que puedo entender), pero ese día llegó hace un par de semanas.
Para ser sincera, no cogí el libro con la esperanza de que me cambiase la vida. En realidad esperaba que me tocase lo mismo que Jane Eyre o que Orgullo y Prejuicio. Pero, sin desmerecer a ninguno de estos dos libros (que también me gustaron mucho), lo de Cumbres Borrascosas fue diferente.
Me encontré con, probablemente, la novela que más me ha sobrecogido desde que empecé a leer novelas. La ficción que más me ha conmovido desde que empecé a consumir ficción.
Podría sonar peliculero o irónico, pero no lo es. La verdad es que no estoy exagerando. Al menos hasta que me sumerja en el clamante mundo de Dostoievski, Cumbres Borrascosas se ha convertido en mi novela favorita (sin lugar a dudas) y es la historia más inquietante, intensa y escalofriante que he leído nunca. Ya no soy la misma desde el momento en que alcancé la última página.
Lo que empieza como una anodina visita al misterioso casero de La Granja de los Tordos en Cumbres Borrascosas, termina con el protagonista sumergiéndose en la historia de un oscuro y fantasmagórico trauma intergeneracional que incluye obsesión, enfermedad, dolor, muerte, venganza y delirio. Una historia que, incluso antes de conocer, le impide disfrutar de un sueño tranquilo en el piso de arriba de Wuthering Heights. En un cuarto cuyas misteriosas ventanas rezan el nombre de Catherine Earnshaw.
Así me encuentro ahora mismo: exactamente igual que el protagonista. Despertándome en mitad de la noche para asomarme a la ventana y temer que la espectral silueta de una diecinueveañera melancólica me sorprenda en la noche.
La meteorología en Galicia ahora mismo parece acompañar y hacer honor al estado en que me encuentro después de esta lectura, porque sencillamente no para de llover. Esta novela me ha vuelto tan loca que he llegado a pensar que la lluvia en Galicia la estoy generando yo misma como escenario a mis emociones desbordadas al respecto de Heathcliff y Cathy.
«Heathcliff, it’s me, I’m Cathy, I’ve come home. I’m so cold, let me in your window.’
Tengo miedo de que esta nueva adaptación al cine no le haga justicia a esta novela. Entre otras cosas porque, por algún motivo, el trailer la hace parecer un fancfic erótico —lo cual es curioso, porque en la novela no hay ni siquiera un mísero beso en los morros. La pasión de estos dos va más allá del cuerpo, más allá delo material y de lo físico, y esa es la gracia precisamente. Por eso me temo lo peor.
Aunque siendo sincera, es difícil que cualquier película (por buena que sea) consiga algo así. Imagino que cada lector tiene una experiencia diferente con Cumbres, y además, se trata de una historia compleja y sesuda que apela a demasiadas cuestiones como para trasladarla a la gran pantalla con la suficiente fidelidad.
Debido a mi obsesión (como digo, Cumbres Borrascosas es mi nuevo imperio romano), me puse a investigar sobre su autora: Emily Brontë. Una mujer a la que solamente podría describir como un enigma gótico. Quisiera viajar atrás en el tiempo y presentarme a las puertas de su casa en Haworth para hacerle infinitas preguntas.
Si yo pudiese conocer en persona a Emily Brontë, creo que probablemente le lanzaría su propio libro a la cara, entre un mar de lágrimas negras, para que comprendiese de algún modo ajeno a los códigos de la palabra lo que está ocurriendo en mi interior por su culpa.
Emily (Frances O’Connor, 2022 —una película basada en su vida) no triunfó como sedante a mis inquietudes, aunque sin duda llegó a arañar algún lugar de las mismas. La escena de la máscara, en específico, y la pasión que sobrevive más allá de la muerte, aunque probablemente fueran invenciones de la directora, funcionaron como refuerzos a Cumbres Borrascosas y activaron en mí los mismos resortes que la lectura. Me encantó. Aunque, de nuevo, nada (¡nada!) es comparable a perderse entre las frías y desoladas páginas que habitan, eternamente, los páramos de Yorkshire.
Del mismo modo que la tormentosa relación entre Heathcliff y Cathy sobrevive al final de la vida, la novela de Emily Brontë también ha logrado pervivir y subsistir al paso de casi dos siglos. Una novela, dicho sea de paso, con una estructura muy moderna y que en su momento debió de resultar confusa. El in media res, la matriosca de puntos de vista, los saltos en el tiempo… y todo eso Emily lo escribió a mano. ¡A mano! Con pluma, tinta y papel, frente a la luz de la ventana. Y sin ayuda de ChatGPT, ni nada.
Muy fuerte, ¿no? Aunque obviamente podríamos decir lo mismo de la mayoría de clásicos.
Mientras tanto yo soy incapaz de terminar mi novela, y eso que tengo acceso a Internet, referencias como la suya, inspiración gratis en todas partes, y un ordenador portátil donde puedo escribir, borrar, copiar, pegar, mover, buscar… es absurdo. Claramente el talento para la escritura está en otro lugar. Está fuera de Internet. Está fuera de este teclado que estoy aporreando ahora mismo.
Como digo, ya no soy la misma. Mi proyecto de novela tampoco lo es. Ahora escucho el viento aullando en mi ventana y siento algo diferente. Mi instinto me susurra algo nuevo. También cuando camino bajo mi paraguas de vuelta a casa. También cuando recuerdo la historia de mi vida, pues ahora cuenta con frescos y recientes matices literarios.
Gracias, Emily. Te odio más allá de la muerte.