¿Alguna vez un hombre se ha echado a reír cuando has mencionado el color “blanco roto» o el «rosa palo»? ¿Te ha mirado como si estuvieras loca cuando has intentado explicarle la diferencia entre el «azul cielo» y el «azul bebé»? Bueno. Pues todas estas experiencias tienen una explicación. Estamos frente a hombres que sufren “daltonismo masculino”. Varios estudios sugieren que la socialización de género hegemónica en los varones, sumada a ciertos factores biológicos, puede resultar en una patente “incapacidad” para diferenciar los colores.
Pero… ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
El disgusto frente al color
A menudo se dice que los varones, a lo largo del tiempo, han desarrollado “miedo” a ciertos colores, como por ejemplo el rosa, por ser colores que se asocian con lo femenino. Pero lo cierto es que, en realidad, parece que los varones típicamente masculinos no escapan del rosa, sino que escapan de todos los colores en general. No sólo huyen del exceso de color (alta saturación, vibración, brillo) sino también del exceso de colores (varios colores juntos).
Un hombre socializado en la masculinidad típicamente hegemónica hará elecciones de color muy neutras o monocromáticas. No ya sólo para el evitar el color, sino también para evitar que dichas elecciones se asocien con el gusto por la estética, la falta de seriedad, o cualquier otro atributo que le aleje de su idea de sí mismo.
“Esta purga del color se logra generalmente de una de dos maneras. En la primera, el color se presenta como propiedad de algún cuerpo «extraño» -generalmente el femenino, el primitivo, el oriental, el infantil, el vulgar, el extraño o el patológico-. En la segunda, el color se relega al reino de lo superficial, lo complementario, lo no esencial o lo cosmético. En una, el color se considera extraño y por lo tanto peligroso; en la otra, se lo percibe meramente como una cualidad secundaria de la experiencia, y por lo tanto no digno de una consideración seria. El color es peligroso, o es trivial, o es ambas cosas. De cualquier manera, el color se excluye rutinariamente de las preocupaciones superiores de la mente.”
David Batchelor, extracto de Chromophobia , Londres: Reaktion, 2000, págs. 22-23
La purga histórica del color
Pero la cosa va mucho más allá.
Las mujeres no están exentas de caer (aunque en menor medida) en esta misma “fobia”. La predilección por los tonos neutros está muy extendida entre los adultos en general, independientemente de su género. Si pensamos en la moda o en el diseño de interiores europeos, por ejemplo, observaremos que se nos invita sistemáticamente a resistirnos a las tentaciones del color y a elegir tonos “elegantes” y “sobrios” – como adultos que somos. El color vivo y/o primario se “censura” a menudo en la cultura occidental.
Estamos hablando de que una elección estética muy colorida – especialmente en el varón – no se asociaría ya solamente con la feminidad, sino con la falta de madurez, la falta de experiencia, e incluso con la falta de criterio o de “altura intelectual”.
Como curiosidad, también asociamos tonos neutros a la antigüedad y a la historia europea – y de algún modo a la erudición o al conservadurismo – a causa de las estatuas blanquecinas, pinturas desvaídas, y otras expresiones artísticas que, en realidad, eran vibrantes y coloridas.
Digamos que el entorno cultural ejerce una especie de presión contra la apreciación del color en general – y en especial del color vibrante. La idea de entender las características diversas del color como algo relevante, como algo que debe tomarse en cuenta detenidamente, analizarse, diferenciarse o nombrarse particularmente, puede resultar nimio.
El ojo del varón
Un hombre típicamente masculino puede asumir que todos los azules son sencillamente azules, independiente de su temperatura, tono, saturación, brillo, etc. La “ceguera cultural” puede terminar causando, en la práctica, una “ceguera real”. Y aunque sí perciben la diferencia, no la aprecian o sencillamente no la registran.
Pero además, más allá de las construcciones mencionadas, existen pequeñas diferencias en la percepción del color que se pueden explicar biológicamente. Estudios han demostrado que las mujeres suelen ser más sensibles a las variaciones de color, mientras que los hombres tienen mayor dificultad para diferenciar tonos específicos. Las mujeres tienden a tener una distribución más amplia de células cónicas, lo que les permite percibir una mayor gama de matices.
Los varones, debido a una mayor cantidad de testosterona, son más aptos para percibir el movimiento, pero a menudo requieren longitudes de onda ligeramente más largas para ver el mismo tono que las mujeres. Esta podría ser otra de las razones detrás de la «simplificación» que algunos hombres experimentan al describir lo que ven.
Si sumamos esta pequeña diferencia biológica a los factores mencionados anteriormente, es decir, a la socialización masculina que les insta a ser “apreciativamente rudimentarios” con respecto al color, y a la cultura, que les inculca una preferencia consistente por la neutralidad, tenemos el campo de cultivo perfecto para su “daltonismo masculino”.
Expresión y gusto
El color es una de las muchas herramientas que tenemos para desplegar nuestra identidad, ya sea a través de la expresión, de la estética o del gusto. Cada individuo tiene por supuesto su forma particular y personal de manifestarse a través del color de forma genuina, incluso aunque eso signifique elegir tonos más neutros u oscuros. Eso no importa.
Esta entrada de blog no pretende ser una crítica hacia el “daltonismo masculino”, sino una constatación y análisis de un fenómeno que considero muy curioso e interesante. En los mejores casos, esta característica masculina – y fenómeno cultural – no debería traducirse en nada más que en una anécdota divertida o un dato curioso.
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