Madrid es como una máquina que nunca deja de funcionar, y una vez que te plantas dentro de ella, debes aprender a utilizarla cuanto antes. El pasado fin de semana, nada más bajarme del tren y pisar el andén de la estación de Chamartín, Madrid volvió a rezarme una vez más: “Date prisa. Zambúllete en la ciudad de una vez.”
No sé si a todos los recién llegados a la capital les ocurre lo mismo que a mí. Pero parece que para disfrutar de Madrid, hay que pasar —como autodidacta en el peor de los casos— por un hostil y apresurado periodo de aclimatación que inevitablemente refuerza tu sensación de “provincianismo” (una patología que, de toda España, uno solamente padece en la capital).
Madrid es como una especie de hermano mayor que te quiere, pero te trata con condescendencia. Te dice que eres adoptado, te asegura que tus padres te encontraron en la basura, y sale disparado por la puerta sin despedirse, antes de que puedas preguntarle cómo funciona el abono de transporte. “Búscalo en Internet, enano. Espabila.”
Todo en Madrid está diseñado para maximizar la eficiencia. Lo veo siempre en esa imagen que tanto me llama la atención: las escaleras mecánicas que bajan al Metro, divididas en dos carriles—uno para quienes van rápido, y otro para quienes van muy rápido—, emblemática de una ciudad en constante premura, productividad y tránsito. Y es normal, ya lo sé. Tiene mucho sentido, y está muy bien pensado. Pero es un contraste muy grande con otras localidades mucho más pequeñas, donde nuestros espacios (incluso cuando son centros comerciales o estaciones de tren) todavía conservan carteles que ruegan: «por favor, no corran por las escaleras mecánicas”.
—Se está súper bien aquí—le escuché decir a una chica, bajando en ascensor al piso -3 para coger no sé qué línea. Se frotaba las manos, enfundadas en guantes, y celebraba el hecho de que, dentro del laberinto del Metro, no hacía frío.
Y no quisiera sonar tan cruel, pero, ¿cómo que se está super bien aquí? ¿Lo dices por lo de estar dentro de una especie de hormiguero subterráneo cuya estructura y especialidad real no conoces sino es por un simulado 3D? ¿Lo dices porque el cristal de la puerta del ascensor te deja ver el revestimiento de cemento visto que envuelve el entramado bajo tierra? ¿Lo dices porque en cuanto se abra la puerta, ocho personas desconocidas intentarán entrar en el cubículo al mismo tiempo que tú intentas salir? ¿Seguro que no prefieres pasar frío?
Hablo mucho del Metro porque en Madrid es inevitable y es muy protagonista. Pasas mucho tiempo allí. No sólo es necesario para transportarse, por el tamaño inabarcable y desproporcionado de la ciudad, sino también para ubicarse, porque la estructura urbana tampoco facilita la orientación intuitiva si quieres echar a pasear de forma irreflexiva.
Esto de caminar sin rumbo es directamente un absurdo total en según qué zonas y contextos madrileños, para empezar. Pero igualmente, en otras localidades, el paisaje natural—el mar, la montaña, la línea del horizonte, los árboles, la inclinación del terreno—ofrece referencias topográficas consistentes que guían inconscientemente al caminante que deambula. Madrid, en cambio, se expande hasta lo que parece el infinito, sin referencias espaciales más allá de la señalización y los carteles, en una pasta de calles y de avenidas que en ocasiones son difíciles de cruzar, o inexplicablemente anchas, para las que no hay una visión global o amplia, lo que dificulta la ubicación intuitiva y el movimiento natural, sin necesidad de mediación tecnológica o referencias artificiales.
En Madrid eres una especie de pulga con GPS que no es capaz de ver más allá de aquel edificio de enfrente. No sirve el sentido primario de orientación. La ciudad es una suerte de ejercicio intelectual o de memoria. Al menos cuando no eres un madrileño de verdad, y no estás acostumbrado, Madrid es una cosa que debes comprender antes de llegar a experimentarla. Con una lista de esquemas visuales representativos y de nombres, de paradas y de simbolismos y de mobiliario urbano en diferentes estados de desmejoría. De barrios irreconciliables, con sus diferentes códigos y contextos, que se presentan como pequeñas isletas de conocimiento dentro de un temario que jamás podrás memorizar en su totalidad.
A pesar de que hay zonas verdes por aquí y por allá, la ciudad parece despojada de toda naturaleza. Todo parece artificial, incluso los árboles y los jardines. La ciudad te pide que te mojes. Que hagas algo. Que decidas de una vez. Te zarandea hasta que dejas de vagar errante y de dudar, y de perder el tiempo. Te sacude hasta que te vuelves resuelto, decidido y osado. Hasta que te atreves a ser el primero en hablar, el primero en entrar, y el primero en salir.
Por eso es curioso que, a pesar de esta cultura hostil y de estos códigos de distancia y de artificio, los madrileños sí tienen fama de ser abiertos, cercanos, extrovertidos y sociales. No les asustan las multitudes ni las personas desconocidas, y se mueven como peces por el agua entre este contexto que describo. No son tan cerrados, desconfiados y temerosos como somos en el Norte, o eso es lo que dicen, y me imagino que entre otras cosas esto se debe a que la mayoría de madrileños ni siquiera son madrileños. Son personas de otros lugares, que precisamente han llegado hasta Madrid abriéndose camino por este sendero que se recorre “hacia afuera”, hablando con la gente, saliendo de sus zonas de confort, alejándose de sus familias, dejando atrás el miedo a lo desconocido, y viéndose atraídos por los cantos de sirena del dinamismo urbano, sus edificios altos y sus brillantes oportunidades.
No es que los madrileños sean extrovertidos, sino que los extrovertidos son madrileños, de alguna manera.
Ser extrovertido parece la única manera de sobrevivir y de estar a gusto en Madrid. La única manera en que las multitudes pueden jugar a tu favor. La única forma en que te puede dar tiempo a conocer a las personas y a establecer relaciones significativas antes de que se vayan, o antes de que te quedes desamparado en mitad de aquella jungla. No hay que tener miedo a unirse, hay que juntarse cuanto antes en estos entornos para robarle tiempo a la ciudad, juntos, rápido, sin rodeos, entre la vida ocupada y los trayectos largos.
Este rasgo de simpatía y de apertura de “los madrileños” contrasta con la hostilidad de Madrid, y genera esa ambivalencia tan fascinante y tan típica de las grandes ciudades modernas. Los individuos están deseosos de conectar con los demás, pero se ven obligados a desplegar estas facetas en ámbitos superficiales, livianos, frívolos y rápidos, en los que cada persona está en su propia burbuja, en su propio camino, y donde no pueden disfrutar de estar verdaderamente vinculados a un sentido de comunidad más profundo, más familiar, cocinado a fuego más lento. Todos lo escuchamos en aquellas declaraciones de Díaz Ayuso en las que aseguró que, una de las cosas más interesantes de Madrid es que “podrías no volver a cruzarte con tu ex novio nunca más”. ¡Qué gusto da vivir en una ciudad desproporcionadamente grande en la que te puedes perder de forma anónima entre una muchedumbre de personas que aún no has conocido!
Tal vez por eso “los madrileños” huyen a las provincias en verano o se acostumbran a encontrar pequeños rincones alejados del turismo y otros tipos de ajetreo. Y de todos modos, me imagino que los madrileños de verdad conocerán los atajos de Madrid. Los trucos y las trampas de la ciudad que los visitantes desconocemos. Los secretos que les ayudan a encontrar su lugar allí, y así es como debe ser.
Desde la distancia, la capital parece una especie de pedacito de sueño americano lleno de posibilidades que uno va a tener la oportunidad de explorar y exprimir. Y quizá lo haga, vaya. El hecho de que en Madrid hay muchas más oportunidades laborales y oferta cultural que en el resto de ciudades de España es innegable. A menudo una provinciana como yo se siente abrumada por la cantidad de eventos y conciertos y obras de teatro y de movidas cools que tienen lugar al día simultáneamente, y los carteles que lo anuncian a través de pancartas y grandes pantallas por todas partes.
Pero lo cierto es que, cuanto más te acercas, más lejanas quedan muchas de aquellas imágenes idílicas. El modelo urbano te obliga a ignorar ciertos ensueños y viajes interiores, que a menudo no son más que romantizaciones, para encontrarte en un perpetuo estado de alerta, ordinariez y tedio. Quizá porque vas a pasar gran parte de una soleada tarde de primavera metido en un tren, o haciendo cola para cobrarte a ti mismo en la máquina de una tienda desordenada de ropa preocupantemente barata cuyos techos altos no te has parado a mirar.
Así que bueno. Puedo entender perfectamente por qué los madrileños escapan de Madrid en cuanto pueden. Y entiendo por qué en verano aparecen como setas en nuestras playas. Pero al mismo tiempo, también puedo entender por qué les gusta tanto Madrid, y por qué les parece adictivo, divertido e inagotable. No se puede negar que el ambiente en Madrid está permanentemente vivo, y que la ciudad parece ofrecer interminables opciones, interminables posibilidades, e interminables versiones de uno mismo.
Parece que hay un Madrid diferente en cada esquina, esperando a ser descubierto, y que dependiendo de quién sea tu host para la visita, puedes disfrutar de nuevas experiencias en cada ocasión. Con suerte lo harás con un poco menos de provincianismo encima cada vez, pues ésta es una enfermedad que se va curando conforme la gran ciudad te va golpeando en la cara.
En fin. Regresar a Galicia fue un alivio, de todos modos. Los árboles parecen “de verdad”, la naturaleza parece expandirse en todas las direcciones libremente, el aire parece más respirable, el ritmo más humano, y en Vigo, en concreto, la presencia del mar y de las acusadas pendientes proporciona esas referencias visuales de las que hablaba antes, que estructuran la experiencia espacial de forma intuitiva, natural, más allá de los carteles y las señalizaciones, casi en el estómago.
En Vigo ya no eres una pulga con GPS, ni un bicho en un hormiguero, sino un pájaro que sobrevuela por encima de las calles y de los parques, de las colinas y los montes, de las cuestas empedradas, de los edificios de seis plantas y de los emblemas y símbolos urbanos que te devuelven al océano una y otra vez. Una gaviota que se posa sobre las rocas y los muros, sobre las barandillas de los paseos marítimos, y al pie de los faros cada noche.
Y ese es el “buen retiro” que, sencillamente, no encuentro en ningún otro lugar.