Mis padres me decían “vaga”
Parece que ningún valor tuvieron las horas que dediqué cuando era pequeña a escribir mis primeras historias, memorizar coreografías y aprender a dibujar. El tiempo que dediqué a leer, o los motivos por los que quise estudiar inglés. Para mis padres siempre fui vaga y perezosa.
Y sí, lo digo con rencor.
Llevo desde entonces intentando librarme de esa idea en lo más profundo de mí. Siento que me aferro a ella para conservar cierto sentido de identidad, o para todavía permanecer cerca de ellos. Como si librarme de las etiquetas que me pusieron de pequeña fuese a desterrarme para siempre de ese núcleo familiar del que casi no queda nada.
Abandonar la vieja idea de que soy un pequeño desastre me convertiría en esa mujer adulta a la que tanto temo.
Esfuerzos equivocados, sentimientos ridículos
Hoy mantengo con empeño muchos proyectos que me interesan, incluido este blog, a los que dedico tiempo, planificación y creatividad; y sin embargo aún me encuentro a mí misma tantas veces frente al espejo, repitiéndome lo mismo de siempre una y otra vez: que no quiero hacer nada, que no quiero trabajar, y que no me quiero esforzar.
Así siempre siento que mis trabajos no son tal cosa. Nunca he logrado sentirme orgullosa de ninguno de ellos, e incluso a mis 27 años, todavía espero la validación de otro adulto porque no me vale con la mía. Todavía a esta edad tengo sueños en los que los adultos de mi vida me felicitan por mis logros o se sienten orgullosos de mí. Todavía siento ese resquemor en lo más profundo de mi corazón: jamás leerán lo que escribo, nunca verán lo que hago, jamás entenderán lo que quiero. Como una niña pequeña que grita a pleno pulmón en mi oído.
Así siempre creo que esforzarme por aquello que quiero es dedicar horas de mi vida a intentar conseguir algo que jamás sabré valorar. Horas que no harán que me sienta orgullosa de mí misma, que no me reconciliarán con mi padres ni con otros adultos, y por supuesto que no me sacarán la etiqueta de “vaga e inútil” que yo misma he terminado incrustándome en la frente a base de tradición.
Siempre siento la tentación de decir que estos sentimientos son ridículos, pero esa es sólo otra forma de huir de ellos.
Felicidades por la frustración
Mis padres, como la mayoría de padres del mundo, solo me felicitaban por mi esfuerzo cuando ese esfuerzo estaba depositado en algo que no me gustaba. Y, en el peor de los casos, en algo que odiaba a muerte.
Evidentemente siempre lo hicieron con la mejor de sus intenciones, con la lógica de lo que siempre entendieron como sacrificio, pero desgraciadamente para ellos y para mí, trataron de incentivar algo que nunca lograron ver. Trataron de prepararme para la idea que tenían del mundo: una jungla competitiva y hambrienta de éxito para la que una idealista antojadiza como yo no estaría preparada.
Lo cierto es que no me parezco en nada en lo que me parecía que querían de mí, abandoné todo aquello a lo que me animaron, y sólo me esforcé en conseguir lo que se empeñaron en desaconsejarme. Al final hice lo que quise hacer de todos modos.
Pero la verdad es que da igual.
Ya no puedo permitirme culpar a mis padres durante mucho más tiempo. Los años pasan y la mujer que quiero ser asoma tras la puerta con más fuerza de la que jamás he creído tener. Además, hace ya muchos años que mis padres permanecen en silencio y que yo sola he querido cubrir sus espacios lo mejor que he podido. Sólo soy una actriz pésima tratando de achacar su trabajo mediocre a un mal guion.
La voz que me llama «vaga» es la mía, y siempre lo he sabido. Es sólo que a veces necesito dejarlo salir. Y supongo que así terminará por marcharse para siempre.
Resultados sorpresa
Si te pareces en algo a mí, quisiera decirte que la holgazanería de la que te acusan es un invento cruel. No eres nada de eso. Cuanto antes entiendas lo responsable y capaz que eres, antes podrás hacer lo que realmente quieres hacer. Los que se enfadan contigo sólo quieren lo mejor para ti, pero no saben muy bien lo que es.
Echa un vistazo a tu alrededor y encontrarás incontables lugares en donde ya has puesto tu empeño y dedicación, y otros tantos donde te gustaría hacerlo en el futuro.
Mira hacia allí, y no apartes la mirada.