Estimado lector:
Haz buenos contactos. Es importante. No escuches a quien te diga que no es importante, ni seas tan snob como para creer que estás por encima del parodiado e infame networking.
Tampoco escuches a quien esté tan embriagado por el networking que haya pasado a estropear y desdeñar sus relaciones de amistad genuina. Sobretodo ocúpate de ser un buen contacto tú mismo. Conoce a las personas y procura recordar sus cumpleaños. Haz preguntas solamente cuando estés interesado en las respuestas. Recomienda a tus conocidos. Déjate ver. No seas demasiado ingenuo. No seas demasiado astuto.
No compres nada que no puedas permitirte, pero sobretodo, no pidas dinero prestado para comprarte algo que no puedas permitirte. Tampoco compres superfluidades muy baratas creyendo que estás ahorrando. Tú sabes que no estás ahorrando. Ahorra.
Equivócate al respecto de estas cuestiones y derrocha de vez en cuando, pero hazlo conscientemente. Adquiere la suficiente cultura financiera como para no dejarte estafar y como para saber medir e interpretar los resultados de tus acciones, pero al mismo tiempo, no te obsesiones con esto.
No te obsesiones con nada.
No permanezcas en lugares donde te sientas atrapado sólo porque te aterroriza la idea de volar por tu cuenta. Si vas a permanecer atrapado, que al menos sea por algún motivo inevitable o atroz. Dedica tiempo a encontrar lo más parecido a la libertad, pero por tu bien y el de los demás, no confundas libertad con ausencia de límites. Establece límites del tipo que consideres y sáltatelos de vez en cuando.
Si te cansa ser correcto y complaciente todo el tiempo, quizá es porque tu cuerpo te está pidiendo que seas incorrecto e incomplaciente en cierta medida. No tengas miedo a ser incorrecto e incomplaciente en cierta medida. Habrá ocasiones en que necesites, al menos, saber que puedes serlo. Conviértete en lo que se conoce como “una persona de recursos”.
Abandona cuanto antes la idea de que eres una bellísima persona. Descubre tus defectos, airéalos al sol, y abraza tus sombras con salud. Aceptar que no eres un ser de luz, y saber sostenerlo, es lo único que te llevará a estar realmente seguro de ti mismo —aunque suene contradictorio. Pide perdón cuando lo sientas. Acepta las disculpas en cuanto puedas. Pasa a lo siguiente. No te entretengas mirando hacia atrás.
Comprende que, si estás paralizado por la vergüenza, el problema no es la vergüenza. Es la parálisis. Ponte en juego. No esperes a superar la vergüenza para moverte. Muévete así mismo. Lo que hoy consideras pudoroso te dará cringe igualmente en el futuro, cuando pase de moda o esté descatalogado y caduco. Tu opinión sobre lo que es vergonzoso no es tan importante. Y si no me crees, recuerda cómo vestías sin pudor alguno hace quince años.
No emplees tanta energía en buscar a una persona que te guste como para olvidar buscar también a una persona a quien le gustes. Dejarse querer es más difícil de lo que parece. No lo pospongas. No sufras demasiado.
Fantasea de vez en cuando con un amor romántico sublimado que te obsequia con ramos de flores todas las semanas, pero no dejes que la literatura y la imaginación desbordante nublen tu juicio. Ese hombre no existe, y si existiese, sería un hombre muy impráctico que gastaría demasiado dinero en flores. Te cansarías de este amor porque de cualquier amor te cansarías.
Busca a una persona de la que merezca la pena cansarse. Una por la que estés dispuesto a aburrirte. Nunca esperes divertirte siempre.
Diviértete aquí y ahora. No te retires tanto a tu mundo interior como para perderte lo que está ocurriendo delante de tus narices —u olvidarte de cómo participar del mundo real. Pero lee alguna novela, de todos modos.
No intelectualices tus emociones ni trates de encontrar explicaciones sofisticadas para lo que sientes. Ninguna emoción es realmente racional, por mucho sentido que tenga sentirla o por humana que sea. No la justifiques demasiado, no le des vueltas ni la dejes sobrevolar gratuitamente tu intelecto. Transítala de forma cruda a través de tu corazón abierto, tus sensaciones físicas, y déjala marchar. Déjala entrar, invítala a un té, y muéstrale la salida cuando te entren ganas de dormir.
No tengas miedo a pedir ayuda cuando no puedas con algo. Solicitar ayuda es un acto de madurez y una muestra de responsabilidad. Por el contrario, no pedir ayuda cuando sabes que algo está por escaparse de tus manos, es negligente y soberbio. Intenta aceptar, sin demasiada oposición, la ayuda que te presten.
No pierdas tiempo en sentirte culpable. La culpabilidad obstruye todos los caminos y te impide ver con claridad. Destápate. Continúa.
Ayuda a los demás siempre que quieras, pero si no quieres ayudarles, no lo hagas. Porque si lo haces, empezarás a llevar la cuenta de los favores que haces y de los que te hacen —y eso te envenenará poco a poco hasta que te sientas resentido y débil. Intenta hacer solamente lo que desees, y en la medida de lo posible, vive con la ligereza de una pluma. Acepta los cumplidos. Da las gracias. Saluda a tus vecinos.
No les pidas a tus amigos ni familiares que sean diferentes a lo que son. Acepta también sus defectos y sus sombras. Trabaja con lo que hay y olvida lo que no hay, o haz nuevos amigos llegado el caso. No ofrezcas resistencia ante el hecho de que las personas son como son —y no como tú quieres que sean. Suéltales el brazo y déjalos estar. No intentes controlar a nadie. Deja que las personas sean libres de elegir quedarse a tu lado.
Recuerda que algunas cosas no tienen arreglo ni solución. Algunos seres queridos se irán para siempre. Cada día serás más viejo. Y para estos casos, debes fortalecer tu capacidad para la organización, la gestión, la administración y la gerencia. Haz hueco en tu interior para dar un buen lugar a estas cuestiones que sin duda tendrás que ser valiente para enfrentar. Sólo entonces serás, realmente, tu propio jefe.
Presta mucha atención a tus talentos naturales, a lo que haces bien y a las cosas buenas que tienes. Ningunea estratégicamente lo que no tienes, lo que se te da mal o lo que no sabes hacer. Apuesta todo a tus virtudes, y por si acaso, no esperes que la vida sea justa. Toma las cosas como vienen y haz lo que puedas con ellas. Busca oportunidades. Aprovecha las que encuentres. Haz que la vida suceda. Mejora lo que no te gusta y trabaja por conseguir alguna cosa.
Esfuérzate, pero no sufras. Nunca confundas esas dos.
Recuerda siempre que la coherencia no es sinónimo de virtud, y de hecho, puede ser no más que un mal síntoma. La ambigüedad y la complejidad son características adultas. Prueba a contradecirte de vez en cuando. Sólo mediante la contradicción cambiarás, evolucionarás y avanzarás.
Cambia.
No asocies demasiado ningún ideario a tu identidad personal y acércate a las religiones de todo tipo con desapego, cautela y criterio. Quédate con lo que funcione, pero no construyas demasiado alrededor. Respeta la rigidez y el enfado de los demás, pero no los tomes demasiado en serio.
Utiliza protector solar todos los días. No compres más productos de belleza si ya tienes una gran colección. Pero si tienes menos de tres, compra alguno más. Disfruta de tu juventud. Cuando seas mayor verás tus fotos antiguas y pensarás que estabas en tu mejor momento.
Piensa en ello hoy mismo. Cuidate. Estalla en un profundo llanto. Sal a caminar.
Texto inspirado en “Wear Sunscreen”, de Mary Schmich (ensayo publicado en junio del 97 en el Chicago Tribune).