Últimamente, y quizá porque he estado revisitando las series de televisión que marcaron mi niñez y adolescencia, me veo invadida por un sentimiento de nostalgia muy profundo. De pronto me encuentro a mí misma llorando con la intro de The OC o buscando edits con escenas de Peyton Sawyer en YouTube mientras como unas papas fritas que he pedido a domicilio. Todo drama.
Así, entre lágrimas y patatas, una joven adulta como yo sobrevive al trauma de la madurez. Me imagino que así funcionan las cosas, porque he comprobado que no soy la única que se siente así.
¿Pero por qué nos pasa esto? ¿Qué tiene la adolescencia que la hace tan nostálgica? ¿Tan brillante? ¿Tan repleta y especial? ¿Por qué se nos repite en un eterno retorno?
«Volverá, juro que volverá. Ese amor verdadero de cuando era pequeño, seguro que volverá.»
Jóvenes rebeldes, adultos melancólicos.
El arquetipo del joven contra el mundo, como cualquier otro arquetipo, es sencillo pero efectivo. Este chico tiene 16 años y siente que todo el mundo quiere imponer sus normas y sus ideas sobre él: sus profesores, sus padres, y en general todos los adultos. Se siente incomprendido y enfadado, pero también lleno de energía e ideales. Demasiados como para enterrar sus días en obligaciones de instituto.
Este joven se comporta de forma rebelde y desafiante, o al menos lo intenta constantemente, porque siente que la rebeldía es la única forma de vivir una vida libre, divertida, y brillante.

Con el paso de los años y la transición hacia la madurez, este joven pasa a ser el único responsable – y por tanto el adulto de referencia – en su propia vida. La rebeldía deja de tener un sentido práctico, porque ya no hay una autoridad a cargo frente a la que plantar cara, y se convierte en un recuerdo vago en el que en ocasiones prefiere no zambullirse. Tal vez para evitar tomar decisiones impulsivas, o en un intento por enderezarse a sí mismo hacia el camino que, cree, debe caminar ahora.
¿Qué pasa entonces? Si ya no puede rebelarse en contra de nadie ni de nada, no le queda más que atenerse a una vida aburrida de responsabilidades y obligaciones. ¿Ya no puede ser libre? ¿Se fue para siempre la posibilidad de vivir aquella vida deslumbrante y sin frenos? ¿Y aquellos sueños con los que fantaseó al mirar por la ventana en clase de matemáticas? ¿Y aquella idea apasionada del amor y del sexo? ¿De la música y del mundo? ¿Se perdió?

Esta es la “melancolía del adulto”: la duda de si esas sensaciones intensas de individualidad, conexión y descubrimiento se han perdido para siempre en el recuerdo.
Un adulto a cargo de la libertad.
Las buenas noticias son que, en realidad, esta es una idea tramposa, puesto que la verdadera libertad no se encuentra en la juventud, sino en la madurez. Este adulto nuevo, a diferencia de aquel adolescente, tiene la capacidad de hacer lo que científicamente se conoce como “lo que le venga en gana”.
Precisamente por ser responsable de sí mismo, precisamente por ser independiente, tanto personal como económicamente, y precisamente por ser su propia figura de referencia, el adulto maduro se encuentra en una etapa de la vida que le permite la auténtica libertad: la libertad de estar a cargo de sí mismo y de sus recursos. Si conscientemente decide hacer algo que no quiere hacer, es problema suyo. Y esto, en ocasiones, resulta doloroso.

Después de largos años de juventud creyendo que la rebeldía es lo que le hace libre, es complicado para este joven llegar a comprender todo esto y transformarse de la noche a la mañana. Todavía tiene que despedirse de aquella forma que tenía de ver el mundo. De sus padres y de sus abuelos. De sus días como un niño. Todavía tiene que llorar con la intro de The OC varias veces mientras come patatas.
A esta frustración, despedida, y disputa interior se la conoce como “estar madurando”, y es algo que no se deja de hacer a lo largo de toda la vida.
Vale la pena, amigo mío. Resistiré.
Okey, tenemos la libertad. Pero, ¿qué hay de la rebeldía? ¿puede un adulto, responsable y maduro, comportarse de forma rebelde? Bueno.

“Resistiré la hipocresía, la mentira, la idiotez, la sin razón. Resistiré las apariencias, el qué dirán, todos los moldes, la prepotencia, la indiferencia, resistiré. Resistiré porque la vida es un desafío. Resistiré porque si siento es que estoy vivo. Porque te tengo aquí conmigo, y vale la pena, amigo mío, resistiré, resistiré.”
Está claro que cuando eres adulto, ya no tiene sentido aquella necesidad de huir de la autoridad. Incluso aunque te rebelaras en contra de tus jefes y tus superiores, de las leyes y de los gobiernos mundiales… ¿Qué conseguirías? ¿Eso te llevaría a vivir aquellos sueños que tenías cuando mirabas por la ventana? ¿Qué hallarías entonces? ¿La felicidad? ¿Encontrarías, realmente, aquella electricidad?
Parece que eso ya no sirve de nada, y que la rebeldía durante la etapa madura es una rebeldía diferente a esta. Una que ya no está al servicio de la individualidad, ni busca zafarse de algo. Esta nueva rebeldía no consiste en huir de lo que no se quiere, sino en quedarse para enfrentarlo. La rebeldía adulta es la capacidad crítica de cuestionar y la responsabilidad personal de evolucionar.
Revivir la adolescencia
Por tanto, la nostalgia por la adolescencia tal y como la vivimos ahora es tan solo un canto de sirena que nos suena familiar y al que de vez en cuando nos gusta acceder. Quizá para aliviar la carga de una responsabilidad tan grande como la de estar a cargo de nosotros mismos. Para encontrar algo de sabor en esa llama encendida.
Bajo mi punto de vista, no creo que sea negativo abrirle las puertas a la electricidad y la desorientación que nos devuelve la adolescencia. Si no deja de llamar a nuestra puerta, incluso de adultos, tal vez es porque todavía hay algo entre nuestros recuerdos que no hemos comprendido del todo bien. Tal vez teníamos un sueño. Tal vez deseábamos ser amados. Tal vez estamos más incómodos en nuestra vida de lo que creemos. Tal vez hay algo que necesitemos identificar para tomar decisiones.

Tal vez por eso, de vez en cuando, necesitamos ver un capítulo de One Tree Hill.