Mantener el ánimo arriba en un festival cuando te acercas peligrosamente a los 30 puede ser tarea ardua. Por suerte, se hace fácil con un buen grupo de amigos y un bote de purpurina para compartir. Aunque no lo parezca, esta es una historia de amor y muerte. Hoy te cuento mi experiencia en O Son do Camiño 2023.
Cuestión de actitud
Esta historia comienza con un trayecto en coche desde el centro de Santiago hasta Fernando Casas Novoa. Y es que a diferencia del año anterior, podemos evitar la tortura de coger una lanzadera gracias al favor de un alma caritativa.
Hay que tener un amigo en todas partes, dicen. Pero sobretodo en Santiago a mediados de junio.
Veinte minutos después nos plantamos ante la entrada de la zona de descanso con las pulseras puestas y la necesidad imperiosa de bebernos una cerveza. Por suerte han colocado unos puestos ambulantes en la zona y nos permitimos el lujo de pedir la más fría, porque la más fuerte no la tienen.
Más tarde ayudamos a los demás a traer sus cosas desde el coche, sudando un sudor del que no podremos librarnos hasta el día siguiente por la mañana bajo un chorro de agua fría. Pero al menos no hay una cola más larga que los Términos y Condiciones de Apple. Bien.
Montamos nuestras tiendas a duras penas bajo un sol abrasador e impropio de Santiago, temiendo que en cualquier momento alguien se desmaye y caiga redondo sobre la hierba seca. Por suerte tenemos a una enfermera en el grupo, así que basta con que la víctima del jamacuco no sea ella. Salud.
Me apasiona que haya personas con empleos tan útiles para la sociedad, teniendo en cuenta que mi trabajo consiste literalmente en escribir cosas como esta. Si alguien se hubiera desmayado, por ejemplo, lo único que yo podría aportar con mis conocimientos sería una crónica sorprendentemente rápida y ligeramente ingeniosa en la que cuento los acontecimientos en orden y estructuro correctamente las oraciones subordinadas.
Greatests Hits
Nos sentamos en círculo con todo lo necesario:
- Sillas plegables y mesa.
- Cervezas y cubatas en vasos de plástico aplastados.
- Una bolsa de caramelos de regaliz negro que por algún motivo saben a puta mierda.
- Y una amiga que lleva puesto un outfit que si te pinchan no sangras.
De momento, ni el mejor Greatest Hits recoge tantos éxitos seguidos como nosotros.
Bajamos al concierto de Leiva y pasamos el rato entre kalimotxo caliente, pop español, y un par de despistados que acaban de descubrir que el tío cantaba en Pereza. El auditorio estalla con “Princesas” y el sol se pone tras el escenario para darle una merecida tregua a nuestra epidermis.
El resto de la noche la pasamos vociferando el estribillo de “Quédate” y bailando con Bizarrap, vestidos con ropa que no nos pondríamos en ningún otro momento. Camisas más atrevidas que de costumbre o outfits con orejas. No importa. En este tipo de situaciones los límites del bochorno son clara-mente difusos.
Más tarde, y para sorpresa de nadie, conciliar el sueño sobre una esterilla de yoga del Primark se vuelve complicado. Especialmente cuando los vecinos de camping cantan a pleno pulmón una particular versión de “Nochentera” que dice:
“Noche ochentera
toda la noche entera
hace un frío que pela”
Nunca es pronto para nada
Despertarse con dolor de espalda y ganas de morir es ya una tradición festivalera que se repite cada vez. No importa la postura en la que uno intente acomodarse; es imposible evitar despertarse dolorido y envuelto en el efecto invernadero que se ha creado en la tienda.
Los baños portátiles dan más asco que los caramelos de regaliz negro que continúan intactos sobre la mesa, porque para cuando despertamos, el olor y el calor han convertido las pequeñas cabinas en salas de tortura y dan peores náuseas mañaneras que las de un embarazo.
Lo mejor para curarnos de estos males es intentar darnos una ducha (o lo más parecido) y bajar a Santiago para pasear y disfrutar de algunos privilegios de la civilización como el café de máquina o la corriente eléctrica.
Tras darle pésimas indicaciones a un camarero que nos acabó trayendo un café requemado y visitar el baño uno por uno, nos paramos a disfrutar de nuestra primera comida en condiciones y bebida alcohólica del día.
Para cuando volvemos al recinto, el resto ya están sentados en círculo bajo la sombra de un árbol, y uno de nuestros amigos acaba de llegar con un sombrero de cowboy. Parece que en un festival nunca es pronto para nada.
Vamo’ a ser felices los cuatro
Llega el momento de bajar a ver a Xoel López, o como algunos lo llaman: la vieja confiable del indie. Nuestro primer artista invitado de la noche arranca a bailar al grupo con una versión inesperada de Juan Luis Guerra. Porque el tío tiene carrera – y peina canas – y sabe perfectamente lo que el festivalero del camiño necesita.
O Son do Camiño es una orquesta masificada, y el cuerpo lo sabe.
Que el concierto de Maluma me haya parecido el mejor del festival con diferencia es una de las cosas más surrealistas que me ha pasado en mi vida, incluido el día en que aprobé matemáticas comerciales en segundo de carrera. Resulta que nos lo pasamos genial, bailamos un montón, gritamos hasta quedarnos afónicos, y disfrutamos como niños. Felices los ocho.
Grité las canciones de despecho con tanta rabia como si Gèrard Piqué me hubiera puesto los cuernos con una chavala.
La segunda noche en el camping no fue peor que la anterior. El de la tienda de al lado roncó como un loco, pero no quiero hablar de ello.
Llamando a la tierra
Para nuestra alegría, el sábado amanece con buenas noticias. Gracias al madrugón, la ducha está casi caliente. Y aunque el café de la cafetería más cercana está igual de malo que el del día anterior, esta vez gestionamos mejor la comanda.
Volvemos a bajar a la ciudad para asegurarnos de comenzar la tarde de conciertos con nuestras barrigas llenas y nuestros corazones contentos, pero para mi sorpresa, el primer concierto al que asistimos es al nuestro.
Y es que el típico «amigo de la guitarra» cumple con su función y nos hace prepararnos mentalmente para que nuestras voces desafinadas se conviertan en la banda sonora de la tarde. La música – o lo que sea – invade el aire junto al humo del tabaco, la vergüenza de algunos, y la alegría de un buen momento.
Después de un par de bebidas y una puesta de sol mediocre, bajamos a ver a Aitana. Salto y canto sus canciones de radio entre el caos, aunque para ser sincera mis pasos de baile parecen más bien sacados de una clase de zumba de señoras.
Después llega Duki, aunque por algún motivo, bien parece Rise Against the Machine. No tengo ni idea. Un público joven y entrado en trance corea «Duko, Duko» al ritmo de una locura febril colectiva y me siento fuera de lugar.
Con los oídos zumbando y las piernas cansadas, nos disponemos a buscar a los demás entre una multitud de chicas con pompones y chavales con la gorra al revés. Con isto da movida haiche moito ye-yé que de noite e de día usa ghafas de sol.
Ni Hannah Montanna
Nadie sabía muy bien lo que era una fiesta Bresh cuando lo leyó en el cartel por primera vez. Pero desde luego, y aún después de haberlo buscado en Google, tampoco nadie esperaba que fuera así.
Fue como un viaje en el tiempo que nos trasladó a diferentes momentos de nuestra vida, aunque esa es quizá una de las cosas más cursis que he dicho nunca. Una guinda dulce y redondita para terminar el festival.
Nos estuvimos mirando sorprendidos y con cara de idiotas durante todo el show, entre canciones de David Bisbal, Katy Perry, Daddy Yankee y Hannah Montana. Creo recordar haber gritado «es el mejor día de mi vida» porque a veces digo cosas como esa cuando estoy bajo los efectos del alcohol.
También cuando estoy bajo la lluvia, como es el caso.
Intenta no morir challenge
Llega la última noche en el camping, y como dijo Julio Cortázar: “todo dura siempre un poco más de lo que debería”. Tal vez para que recordemos algo, aunque no sea lo que queremos recordar, y que de otro modo olvidaríamos.
La tormenta nocturna parece un recordatorio de algo superior a mí misma. Como una señal del universo que viene a decir que la vida no es de un solo color. Algo así me parece, aunque puede que me haya vuelto loca después de pasar tantas horas despierta en la tienda y sin batería en el móvil.
La noche se hace larga y triste. Quizá por la lluvia, o a lo mejor porque me parece que ya no queda otra cosa que hacer además de esperar a que el tiempo y la tormenta pasen para volver a la oficina el lunes. Y vaya panorama. Por eso una siempre ha de tener al menos un amigo en Santiago a mediados de junio.
Hago un recuento mental:
- El diluvio: universal.
- La pulmonía: inminente.
- Los caramelos de regaliz de los huevos: aún no están en la basura.
O Son do Camiño 2023: el eterno retorno
Aunque no lo parezca, esta es una historia de amor y muerte. La escribo para despedirme de mis amigos como hago cada día. Porque aunque sean los mismos de siempre, y estemos en el mismo lugar, las que me rodean ahora son personas muy diferentes a las que un día fueron. Yo tampoco soy la misma.
Ha pasado mucho desde que fuimos a O Son do Camiño por primera vez.
Sólo quiero deciros que estamos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida su brazo sobre el mío,
y yo, aunque esté callado, doy las gracias
porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo trajimos nuestras vidas aquí, para contarlas.
Largamente, los unos con los otros, en el rincón hablamos,
tantos meses que no sabemos bien,
y en el recuerdo el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el dolor es tierno.
¡Ay, el tiempo! Ya todo se comprende.
Amistad a lo largo. – Jaime Gil de Biedma
¡Nos vemos pronto!
Si quieres leer la crónica del año pasado, te la dejo por aquí: O Son do Camiño 2022.