Siempre he tenido una relación complicada con mis raíces. Nací y crecí en una familia tradicional, católica, conservadora, y con una vida acomodada. La clase de familia que ha logrado mantener un nivel de vida sin grandes carencias.

De pequeña, tuve acceso al tipo de recursos y oportunidades que cabría esperar de una hija única criada en esa clase de entorno: fui a clases de vela, natación, idiomas, y ballet. No digo que fuéramos millonarios, pero desde luego tuve muchas cosas que otras personas no tuvieron la suerte de tener. Hice muchos viajes al extranjero con mis padres, y desarrollé mis capacidades artísticas e intelectuales entre instrumentos musicales, acceso a tecnología y tableros de ajedrez. Tuve varias niñeras, y en mi casa siempre hubo asistentas del hogar.


Conforme fui creciendo y desarrollando mis propias ideas, empecé a sentir una distancia emociona abismal respecto del entorno en el que había crecido. Tal vez porque durante la adolescencia te vuelves un rebelde y te enfadas con el mundo. Identifiqué muchas dinámicas en mi entorno, y en otros, que chocaban de frente con mis valores e ideales. Aquellas comodidades y aquellos valores tradicionales empezaron a parecerme incómodos e incorrectos, y empecé a rechazar y a renegar de todo lo que estuviera relacionado.
Otras cosas que ocurrieron después marcaron punto de inflexión en la forma en que empecé a relacionarme conmigo misma y con los demás. No me siento nada orgullosa de haber renegado de los míos y de no haber aceptado ayuda de nadie, pero al mismo tiempo, estoy segura de que esta experiencia me ayudó a crecer de golpe, y a desarrollar la responsabilidad y las capacidades que me han hecho madurar. Quizá no habría podido hacer nada de esto si las cosas hubieran sido distintas.
Creo que durante estos años me comporté de forma profundamente injusta y desagradecida, no ya solamente con mi familia, sino también con una parte de mí misma muy importante a la que todavía estoy empezando a querer y respetar.
Es curioso que este comportamiento haya nacido de unos ideales que precisamente creían de justicia.
Ya he aprendido que la culpa no es más que un sentimiento paralizante y un castigo inútil para procurar acallar la conciencia. Pero la culpa no cambiará el mundo: no cambiará el pasado, no mejorará el presente, no construirá un futuro mejor. Reconocer mis privilegios, la suerte que he tenido de crecer donde he crecido, y reconocer el amor y el esfuerzo que mi familia ha depositado siempre en mí no significa traicionar mis ideales. Al contrario. Es un paso necesario para entender quién soy, de dónde vengo, y qué herramientas tengo.



Estas experiencias junto a ellos me dieron herramientas y me ayudaron a ser quién soy, me dieron un sentido de pertenencia, un sustento emocional, un grupo, una cultura, un argumento, una historia de vida, y un lugar en el mundo del que no me puedo quejar.
No importa si son contrarias a algunas de mis ideas. Las ideas son sólo eso. Mis raíces no son valiosas por ser perfectas, ideales o justas, sino por ser mías.
Esta reconciliación no ha sido rápida ni sencilla, pero me siento orgullosa de mi camino. Cada día estoy más en paz conmigo misma y con mi familia. He encontrado la manera de convivir con mis tradiciones familiares al tiempo que blando mis ideales. Comprendo mucho mejor qué luchas son las mías y cuáles no. En algunos casos, comprender que no eres digna de abanderar según qué causas y estar callada no es un mal punto.
Lo que en mis momentos de oscuridad me parecían monstruos gigantes, no son más que árboles con altas copas y largas raíces a la luz del desolador paso del tiempo. Me alegro de que aquella niña sea tan vieja, y de que esta adulta sea tan nueva.


