Hoy me he dado cuenta de que no sé cuál es tu segundo apellido, y ha sido horrible. No porque haya caído en la cuenta de que eres casi un desconocido, sino porque me ha dado igual.
Entonces he recordado que a mí no me conmueven tus canciones. No me angustia desconocer tus secretos. Que no siento curiosidad por descubrir nada más de ti. He recordado que no siento nada en el estómago, ni en el pecho, ni siquiera al mirarte a los ojos.
He pasado largos años bailando con el fuego, en mitad de laberintos, llorando en los conciertos, viendo el mundo en las miradas a mi alrededor… y quizá esa no es manera de vivir. Supongo que lo que hacen los adultos es dejarse querer, cogerse de la mano, y preguntarse mutuamente su segundo apellido.
Sin embargo, una extraña fuerza dentro de mi corazón, me llama a sumergirme en el más absoluto caos.