Mi casa nunca está terminada. Pero no porque me haya metido en una reforma (Dios me libre), sino porque se ha quedado instalada en ese estado de las cosas que permite posponer cualquier decisión definitiva bajo la promesa de una mejora futura. Por algún motivo, la idea de que todo sea un proyecto que no está terminado siempre me parece más razonable que la de aceptar sin más la forma en que las cosas simplemente se dan. Porque eso sería como aceptar la muerte, o algo así. Y por ahí no paso.
Lo que quiero decir es que, en realidad, mi sofá cumple su función y la mesa también. La lámpara ilumina, sin duda. Pero todo ello sucede con cierta ofensiva. Cada objeto parece estar gritándome: “¡ocupo un lugar que podría ocupar otro objeto con más carisma y fotogenia!”. Y por eso no paro de ver TikToks sobre lámparas.
Mi pobre casa, me parece, sólo tiene la pésima suerte de ser el escenario más visible de una lógica que se ha ido extendiendo a casi todas las demás cuestiones que rodean a mi día a día, incluidos mi trabajo y mi cuerpo. También las cosas que creía hacer por puro placer (si es que tal cosa como el puro placer existe) y los aspectos más personales de mí misma. Todo está bajo esta especie de revisión permanente y nada merece ser aceptado durante mucho tiempo en la misma forma. Siempre me veo obligada a hacer un rebranding.
Cambio una planta de sitio, sustituyo una funda de cojín, me anoto a clases de surf, me compro un abrigo verde o me pongo el pelo más rubio. Y durante un tiempo me da la impresión de haber intervenido con sentido en el pesado curso de mi vida. Así hasta que me sobrecoge otra imagen u otra referencia, otra narrativa o combinación de colores fantástica que lo devuelve todo a su condición habitual de proyecto. Ninguna disposición de las cosas parece capaz de aspirar seriamente a ser la última, y desde luego que ya no estoy hablando de fundas de cojín.
Pensar, sentir o atravesar ciertas etapas de mi vida no es suficiente. Tengo que trabajarlo y debo aprender algo de ello. Tengo que priorizar, ordenar, optimizar para convertir mis diferentes tipos de basura mental en material apto para una versión más presentable. Una que siempre parece estar lo bastante cerca como para hacerse pasar por una opción realista y lo bastante lejos como para no llegar nunca a ser un problema resuelto.
Frecuentemente experimento la sospecha de estar siendo negligente conmigo misma, aunque no tan frecuentemente me detengo a permitirme explorarla. Cualquier cosa que no incluya un plan de mejora futura se me presenta como un abandono, y estar satisfecha con alguna de ellas sería una falta de ambición: cosa que no está bien visto tener.
La falta de ambición, digo.
A veces pienso que habría algo casi rebelde en decirme a mí misma que ciertas cosas no van a mejorar, simplemente porque insistir en su corrección (o supuesta “perfección”) no añade nada que no sea otra forma de ocupación respetable. Me sucederán cosas de las que no aprenderé absolutamente nada, y de hecho, algunas cosas como la salud o el aspecto físico no irán más que a peor. ¿Y si no todo en mi vida necesitase justificarse en nombre de una versión futura que, con bastante probabilidad, solo existe para mantener en marcha alguna maquinaria que ni siquiera comprendo? ¿Y si, como escuché una vez, “la juventud es el producto perfecto porque cada vez tienes menos pero cada vez quieres más” (y podemos cambiar juventud por descubrimiento, electricidad o novedad)?
A veces quisiera permitirme una relación conmigo misma que no estuviera mediada por la idea de progreso, aunque solo sea para comprobar qué es lo que quedaría de mí si dejase de comportar constantemente como un proyecto insatisfecho cuyo potencial permanece eternamente dormido.
Incluso aunque eso pase por aceptar la muerte, o lo que sea.