Parece que la vida adulta no es otra cosa que un intento progresivamente sofisticado —y no por ello progresivamente respetable— de negociar con tres deseos: amor, dinero y sexo. Tres palabras que utilizamos para no tener que mirar de frente a las cosas que se esconden tras ellas, y que son, como es evidente, mucho menos elegantes.
Deseamos muchas cosas en torno a estas tres cuestiones, pero basta con prestar un poco de atención a la forma en que nuestras elecciones se repiten, se desplazan o se sustituyen unas a otras para sospechar que, casi siempre, lo que estamos persiguiendo es la imagen o la promesa implícita que traen consigo.
Es curioso cómo el dinero, en concreto, suele presentarse como una cuestión más práctica y seria que las otras dos, cuando en realidad funciona muchas veces exactamente igual: es decir, como una forma de evitar la humillación, el abandono o el rechazo, comprar margen de error, y construir una distancia —lo más prudente posible— entre nosotros y la desastrosa posibilidad de tener que aceptar cualquier movida sin alternativas.
Sin dinero, el futuro es una amenaza; pero con él, percibes ilusamente que el tiempo se vuelve a tu favor: es algo que puedes moldear, y una propiedad privada. Creo que nos obsesiona porque es la única de las tres variables que parece cuantificable, la única que no depende de cosas como el humor cambiante de un amante dramático o la química caprichosa de un encuentro. Cuanto más nos aterra la idea de ser prescindibles, más necesitamos que nuestro saldo nos diga que nuestra existencia tiene un valor garantizado, y que por ese mismo motivo, no tenemos por qué ser encantadores y trabajadores las veinticuatro horas del día.
Nos encanta sentir que tenemos alternativas, claro. Por eso existe Tinder.
Lo cual me lleva inevitablemente al sexo y al amor, que son dos palabras demasiado limpias para lo sucio que es todo lo que intentan contener. Son tan confusas que, incluso aunque puedan viajar juntas, se proponen con preocupante frecuencia como dos conceptos contrarios. Como si el que desea desesperadamente el amor estuviese condenado a renunciar al sexo, y el que desea desesperadamente el sexo estuviese condenado a renunciar al amor.
Porque alguien nos dijo que el amor es una llanura limpia sobre la que descansar, en donde el otro nos acoge y nos protege entre la serenidad. Y que por el contrario, el sexo es un territorio de incendio, pérdida de control, enfermedad y suciedad.
Por eso el que busca amor suele castrar su deseo, como si para ser digno de ser acogido debiera presentarse como un ser puro y despojado de su urgencia animal (para no asustar al que viene a salvarle de la soledad). Y al contrario, el persigue frenéticamente el sexo suele evitar caer en el desierto del aburrimiento, o blindar su corazón contra las vulnerabilidades, convencido de que la fricción y la descarga impedirán el espacio al dolor. O peor: al tedio. Es la eterna condena de elegir entre ser sagrado (intocable, puro, perfecto) o deseado (tocable, masticable, perverso).
Como si la piel no tuviera memoria y el alma no tuviera hambre.
En medio de esta disyuntiva nos quedamos a menudo sintiendo que, por querer elegir, hemos perdido las dos cosas. Que estamos rezando por un milagro que no nos merecemos, o que si logramos juntar deseo y amor, el peso de tanta responsabilidad e intensidad terminará por rompernos las manos.
La condición del amor y del sexo como deseos insatisfechos en nuestros corazones (amemos lo que amemos, y follemos lo que follemos—porque está demostrado que no es relevante) suele tener que ver con el deseo de ser atravesados por la mirada de otro, con la necesidad de dejar de ser opacos e invisibles, y con la fantasía de que somos algo más que una experiencia subjetiva encerrada en sí misma. De que somos algo compartible, consumible y divertido como una golosina o una buena idea. Algo atractivo, algo deseable, algo bello, y algo encantador para alguien más. La debilidad de otro. Algo cuyo concepto, o cuyo cuerpo, es digno de ser elegido por encima de otras cosas.
El problema, si es que hay un problema, es que en la naturaleza estas tres cosas aparecen mezcladas en proporciones incómodas. Uno nunca sabe del todo si está en un sitio por amor, por estabilidad material, o por la vaga pero persistente sospecha de que fuera de allí nadie volverá a mirarle a los ojos con la intensidad suficiente como para partirle en dos. Con frecuencia nos creemos nuestro propio discurso al respecto, y fantaseamos con la idea de que somos racionales y elegimos fríamente lo que queremos, pero basta con que una de estas tres cosas se tambalee un poco para que todo (incluido ese lugar de trabajo que tanto sentido tenía, o esa persona que tanto nos gustaba) empiece a lucir misteriosamente negociable.
Lo que quiero decir es que tú y yo vamos construyendo nuestra biografía o eso creemos. Nos la contamos mutuamente como si fuera el resultado de una serie de decisiones conscientes y razonables, cuando en realidad, se parecen más a una cadena de pactos y concesiones casi religiosas con nuestros claroscuros. Con nuestros grises deseos en la sombra: el de amar, el de poseer, y el de follar. Sea lo que sea eso.
Estamos ante un stock de acuerdos y renuncias. Nos despertamos un lunes cualquiera, revisamos el feed de Inicio de Instagram, el saldo del banco, el cuerpo que duerme a nuestro lado (o el hueco que ha dejado el anterior) y tratamos de convencernos de que todo este andamiaje tiene un sentido superior. Negociamos con la ilusión de cada nuevo fin de semana, esperando que el siguiente gasto sea un poco menos caro que el anterior. Rezando para que el mundo, o al menos algún mundo, no deje de mirarnos. Da igual por qué razones.
Rezando por no darnos cuenta de que el silencio que se encuentra detrás de estos tres deseos es demasiado parecido a nosotros mismos, y por supuesto: de que no hay nómina ni orgasmo que nos lo vaya a evitar.