En el amor, como en la guerra, todo vale.

Mar 26, 2026

Sex appeal y administración del poder (I)

Hay algo muy sexy en la idea de que “todo vale en el amor y en la guerra”. Es una idea atractiva, y con mucho tirón, pese a su naturaleza violenta. Tal vez porque todas las cosas que tienen tirón, y que son sexys y atractivas, también son problemáticas y naturalmente violentas.

Ya sabes a que me refiero: uno desea que sus amantes sean, hasta cierto punto, temibles.

Está claro que en el fondo nadie considera que la idea de que “todo vale” sea una idea virtuosa. Pero desde luego parece que introduce un componente cautivador en nuestras vidas civilizadas. Por eso tantas mujeres adoran a un capullo integral, y tantos hombres adoran a una loca desequilibrada.

No hay nada más seductor y adictivo que la falta de escrúpulos. Eso es lo que quiero decir. Y si no me crees, echa un vistazo a tu historial.

La gente sin escrúpulos (o sea, la gente sexy) hace algo parecido a la política, porque bien es sabido que la línea entre el bien y el mal es muy delgada y flexible cuando se trata de conquistar y administrar el poder. Para tener verdadero sex appeal uno debe ser capaz de depredar un intenso romance y luchar furiosamente por mantenerlo cautivo, de la manera que sea.

Después de cautivarlo y acariciar su rostro (para provocarle un placer tan desmedido que termine por sentirse culpable de sentirlo), uno debe abandonarlo de golpe y dejarlo varado bajo la lluvia. Eso es lo verdaderamente romántico, si atendemos a la literalidad de la palabra. Ya lo dijeron Bécquer y Taylor Swift.

Niños y programas de telerrealidad (II)

Cuando los límites no están claros (cuando “todo vale”), tampoco lo están las consecuencias de nuestros actos. Esto ya lo aprendimos en el colegio. Y la flexibilidad en las consecuencias siempre suena fantasiosa y deseable cuando responsabilizarte de tus acciones no te confiere prerrogativas demasiado interesantes.

O sea, que es curioso que aunque esta atracción por lo violento podría interpretarse como una forma de imperfección adulta (por aquello de la perversión y de la corrupción), también cabría asociarla a un rastro de inmadurez que no desaparece con los años (por la irresponsabilidad y la dependencia).

El niño que rompe el juguete para ver qué hay dentro es el antepasado directo del amante que destroza una relación para comprobar si todavía siente algo. Por eso la gente sigue participando en esos infames programas de telerrealidad donde varias parejas viajan a una isla y se ponen los cuernos entre ellas de forma indiscriminada para “ponerse a prueba” y “comprobar si están realmente enamorados”.

Si me tapo los ojos, no me ves.

Si te duele perderme, me ves.

Cinco lobitos tiene la loba.

Cinco lobitos detrás de la escoba.

Prevención de riesgos y cosas interesantes (III)

Mira. Es verdad. Hay que reconocer que la visión administrativa de la vida es tediosa. Recuerda a la domesticación y al correctivo. Recuerda a la privación y a la dieta. Recuerda a la ausencia de libertad.

“Responsabilidad afectiva” suena un poco a “prevención de riesgos”. Es mucho más interesante decir algo como:

que buscamos al otro para desbordarnos.

Para romper los diques

de nuestra insoportable individualidad

a través de una especie

de asesinato consentido.

Un asesinato que el otro perpetra

sobre nuestro corazón desvencijado

para hacer girar la máquina de la tragedia.

Buscamos un reconocimiento en el otro

que sólo es real si se pone en juego la vida.

Porque si no hay riesgo de perderlo todo,

el encuentro es un simulacro,

y un intercambio de cortesías vacías

entre dos cadáveres que aún respiran.

Esa búsqueda del “asesinato consentido” es lo que Georges Bataille llamaba el erotismo. Bataille sabía que el orden social y la “prevención de riesgos” son necesarios para la supervivencia, pero que el ser humano sólo se siente soberano cuando rompe el límite. Es la lucha eterna entre el ser “discontinuo” que teme morir y el deseo de continuidad que solo se alcanza en el desbordamiento. En la salida.

No tengo ninguna duda de que esto es muy interesante, y por eso nunca he renunciado a la poesía. Suena mucho mejor que cualquier trámite administrativo, que cualquier cita médica, y que cualquier carrito de la compra lleno.

Porque un amor que va a la compra (aunque sea en el Hipercor de El Corte Inglés y el carro quede repleto de setas de cardo y huevos camperos frescos de gallinas felices) parece más una forma de compasión que debilita que una escalera para trepar hacia Dios —que es de lo que se trata el amor, según más filósofos de los que me gustaría.

Trascender y el domingo por la tarde (IV)

Una vez conocí a alguien que decía que las relaciones sanas le resultaban insípidas, y que necesitaba cierta dosis de enfermedad para sentir que tenía vida. Otras personas que conozco no lo dijeron, pero lo pensaron. Otras lo dejaron rozar su subconsciente.

Esta es la misma lógica que sigue el que hace puénting o paracaidismo. Sólo estando peligrosamente cerca de la muerte uno siente que se aleja de ella. Pero, ¿qué sentido tiene eso?

Ésta siempre es una cuestión sobre la que se ronda medio en broma, como si no respondiera al dolor de unos corazones suicidas que se mantendrán anhelantes de alguna cosa hasta el día en que dejen de latir.

Si en el amor y en la guerra todo vale, todavía tenemos la oportunidad de lanzar una moneda al profundo pozo de nuestra vida. No para pedir un deseo, en este caso, sino para escuchar algo de ruido en el fondo. Un ruido que haga eco y nos resuene hasta el día siguiente, y que nos salve del insoportable silencio que invade nuestros días conforme nos hacemos mayores.

Nos da pánico y tristeza que nuestra existencia sea solo una suma de domingos por la tarde y que, al final, la vida sea solamente eso. Mejor encontrar motivos para sufrir que dejarse sufrir por la falta de motivos.

Mejor legitimar estos desajustes bajo la idea de que todo está permitido (incluso el paracaidismo) si se trata de amar o de luchar. Y en el peor de los casos: de luchar por amar.

Escritores y metáforas sobre el hielo (V)

Ah, llegó el relato. El artista que llevamos dentro es, quizá, el más peligroso de todos a este respecto. Es el que mejor sabe estetizar el desastre sólo para ver cómo queda narrado.

Para poder decir algo como:

que hemos convertido

los restos de un naufragio cotidiano

en una escultura de hielo que brilla

bajo el foco de nuestra propia pena.

Que no significa apenas nada, pero bueno. Que buscamos la estética perfecta para describir la herida mientras la herida simplemente se desangra. Sólo es una forma (que no un fondo) de decorar nuestras incapacidades.

Hay algo profundamente obsceno en observar tu propia ruptura y detenerte a pensar en lo bello y trágico que será el relato sobre la misma. Pero es nuestra única defensa contra la insignificancia. Si no nos vamos a evitar el desastre, al menos vamos a darle un buen encuadre. El artista no quiere que la herida cierre; quiere que la herida brille, que sea lo suficientemente profunda como para que el lector pueda asomarse a ella y ver su propio reflejo.

Un analgésico como otro cualquiera, especialmente cuando, en la mayoría de casos, el artista y el lector son la misma persona.

Un empate infinito (FINAL)

Al final, lo que queda es la fatiga del que ha intentado, durante toda una vida, conciliar el deseo de consolidar un hogar con el impulso de prenderle fuego a ese mismo hogar en nombre de algo.

Dependiendo de la ocasión, uno habrá de pisar cada uno de estos lados de la balanza. En determinados momentos, cualquier cosa valdrá para el amor y para la guerra. En otros, no. Y parte de lidiar con la madurez consistirá en diferenciar (más bien, consistirá en decidir) cuáles son esos momentos.

Creo que la única victoria real para esta guerra es aceptar que uno, por su condición de humano, vivirá siempre sumido en esa frontera: que necesitará el orden para sobrevivir, pero que solo encontrará una razón para sobrevivir cuando al menos alguna cosa le haga perder el orden.

Cuando al menos alguna cosa le haga enamorarse perdidamente.

Cuando al menos alguna cosa le lleve de cabeza a las trincheras.

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