Cruzar el pasillo.

Mar 3, 2026

Recuerdos de una niña con miedo a la oscuridad.

El pasillo de la casa de mis padres era kilométrico, y cuando era una niña, me aterrorizaba la idea de atravesarlo sola para irme a dormir. Temía que al girar la esquina fuese a encontrarme a una mujer moribunda con sonrisa de tiburón sangriento diciéndome algo como: “¿Buscas a tu mamá? niña estúpida. ¡ESA NO SOY YO!”.

Así que cruzaba el pasillo a toda prisa, intentando no posar mi mirada sobre los espejos ni los cuadros, e ignorando el ruido de las puertas semiabiertas al pasar. Recuerdo que me encerraba en mi cuarto, con el corazón a mil por hora, y dejaba el flexo encendido. Trataba de concentrarme en la lectura de algún libro de Kika Superbruja hasta que mi padre entraba y me obligaba a apagar la luz.

Ahora que soy adulta, comprendo que mi padre también debía de tener problemas para dormir. De haber llevado una correcta higiene del sueño, jamás habría estado lo suficientemente lúcido como para regañarme de madrugada.

Yo nunca les confesé a mis padres que tenía tanto miedo. Ni siquiera suplicaba por continuar leyendo un rato más. Simplemente obedecía discretamente y apagaba la luz.

Pero me quedaba despierta, con los ojos bien abiertos, escaneando meticulosamente la oscuridad de mi dormitorio. Me protegía el cuerpo con el edredón, esperando encontrar un rostro macabro y oscuro devolviéndome la mirada frente a la puerta del armario. Quizá la sombra fúnebre de un hombre tras las cortinas semitransparentes.

Me horrorizaba la idea de salirme de los márgenes de la cama. Por nada del mundo habría descolgado los pies para levantarme al cuarto de baño. ¿Y si hubiera algo debajo de la cama? ¿Y si una mano cadavérica me agarrase por sorpresa del tobillo derecho? No estaba dispuesta a arriesgarme.

Sigo sin saber de dónde procedían estas imágenes mentales funestas. Yo era sólo una niña, y jamás había visto una película de miedo. Por suerte o por desgracia, tampoco había leído a Stephen King.

Mi manera de lidiar con el terror de la noche, incluso en invierno, era abrir de vez en cuando la ventana y asomarme. Podía hacerlo sin abandonar mi zona segura, puesto que mi cama estaba pegada a la pared. Ocupaba mi mente en los pocos coches que pasaban y trataba de buscar alguna luz encendida en el edificio de enfrente. Algo que me mantuviera en contacto con el mundo real, ya que en aquella habitación no había ni rastro de él. Sabía que de cualquier otro modo, dormida o despierta, me vería abocada a las pesadillas.

Ya no vivo en aquella casa, y hace ya muchos años que mi madre falleció. Desconozco la rutina nocturna de mi padre, y tampoco leo a Kika Superbruja. Por suerte o por desgracia, tampoco a Stephen King. Lo único que persiste como un tatuaje, vaya yo a donde yo vaya, es el terror.

Menú
MENÚ